Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.

26 dic. 2013

Fuimos una gota

Yo lloro
y él se folla
a la puta de los tatuajes.

Yo lloro
y él se folla
a la rubia que está de paso.

Yo lloro
y él se folla
a la de las medias de lunares.

He perdido trenes
y la cuenta de los corazones
que he vomitado en autopistas
que llevaban a ninguna cura.

Los marineros cantan canciones
de amor
a las fotografías de sus novias.
Ellas se han quedado
en tierra firme
y lloran la pena
sobre la entrepierna dura
del frutero
o del vecino de la puerta 7-A.

Debajo de las uñas
tengo piel muerta de los suspiros.
Restos del cuerpo
de las promesas asesinadas
a patadas de realidad.

Me he clavado en los labios
los cristales de los vasos
que no fregué a tiempo
y llenaron la cocina
de suciedad y espera.

Se nos derramó el café.

Ahora bebo sola,
y eso es como un millón
de latigazos
en una espalda ya rasgada
por decenas de alfileres infectados.

Fuimos la gota preciosa
que colmó una bañera de furia,
que hizo estallar por los aires
el calendario y todas las fotos
que fingimos hacernos con la mirada.

Fuimos la gota con la que nos ahogamos.

No hay libretas para tanto insulto
que quiero escribirte.
Ni callejones en la ciudad
para todas las veces que quiero
que retumbe tu mierda de nombre
hasta que me reviente la garganta
y lo ponga todo perdido de poesía
y sangre.

25 dic. 2013

Otoños y mecedoras

Me siento al sol
en la mecedora.
Los versos se balancean.

El viento tararea algo
en mi pelo.
El mismo viento que mueve
la ropa tendida en tu terraza.

El temor se adormece.
La adrenalina y las ganas de luchar
se despiertan,
sin legañas en los ojos.

Sobre las tejas apiladas
cae una hoja seca de moral.
Otoño hace de las suyas,
y de las mías.
Y de las nuestras, claro.

A los árboles les sobra la ropa;
yo me abrigo con poesía.

A lo lejos
suena una canción
que viaja en un coche;
se enreda en el volante
y en las manos fuertes 
de quien conduce.

23 dic. 2013

Camisas remangadas

Suena un violín.
Un hombre toca al lado del museo.

El cielo está naranja y azul
sobre la cúpula de la iglesia.

Las antenas de las azoteas
suman los escalofríos que me debes.

En la tienda de muebles
compran mesas de madera
sobre las que se apoyarán
para escribir cartas de amor.

Hay vida en los balcones.
Vida que se asoma
para ver la vida
que corretea por debajo.

Taxis libres.
Anuncios de Lotería.
Mujeres con pañuelo al cuello.
Conductores de autobús
con camisa remangada.

Zapatos de tacón
envueltos para regalo.
Ropa recién sacada
de la tintorería.
Saludos de acera a acera.

Hora punta en los bares.
Futbolines.
Frío desterrado.
Chicas con el pelo recogido
pasan por la puerta del bingo;
luces rosas de neón,
contorno verde de ojos.

No nieva.

Semáforos en ámbar.
Que pasen los coches
y nos arrollen los miedos.

Alguien con bufanda
y guantes
se para delante
de una cabina telefónica
Tendrías que ver
cómo está la ciudad;
hay luces por todas partes,
pero el único brillo que me importa
es el de tus ojos.

19 dic. 2013

Cámara lenta

A veces imagino
que el día va a cámara lenta.

Músicos subiendo
despacio a los taxis,
cerrando la puerta
sin golpe fuerte,
dándole una dirección en un papel
al conductor.

El afilador callejeando sin prisa,
la gente que se asoma al balcón,
señoras que bajan
las tijeras de cortar pescado
y buscan monedas
en los bolsillos del delantal.

Chicas que se giran en la calle
al ver a un chico alto
que pestañea pausado
y encaja perfectamente
en una postal otoñal
-jersey y zapatos marrones-.

A ellas les vuela la falda
por encima de las rodillas
y cae como si fuera
un paracaidista que no tiene prisa,
delicia de albañiles
y del carnicero que fuma
en la puerta de su tienda.

Los aviones se quedan
casi estáticos
entre nubes y palomas
sobrevolando los edificios,
un niño sonríe señalando por la ventanilla:
está volando.

Las persianas bajan lentas
para que no moleste el sol
en la siesta,
los párpados caen
con la suavidad del movimiento
de una hoja en las aguas del lago.

Un hombre se mira al espejo
y se anuda la corbata que parece levitar;
coge una chaqueta,
primero el brazo derecho,
después el izquierdo
y cae sobre su espalda
como la capa de Superman
con la que soñaba de pequeño.

Se hace de noche con la misma lentitud.
Las farolas amanecen
frías
en la oscuridad
de las seis de la tarde.

Todo a cámara lenta.
Todo menos los latidos,
a esos no hay quien los ralentice.

17 dic. 2013

A estampidas

Desnúdate, que hace frío.
Y aúllale a mis lunares.

Somos fuego.
Y apunten y disparen.
Y al abordaje, pirata de ducha.

Qué fríos son los inviernos
sin besos a las puertas del teatro.
Qué tristes están las camas
que no se deshacen a estampidas.

Le hacemos la competencia
con gemidos
al camión de la basura.
A ver quién puede más.
Siempre se larga antes,
llevándose botellas de vino
mientras nosotros
vaciamos otra
y veraneamos en plena noche de diciembre.

Sin ropa.
Sin prisa.
Sin frío.
Sin ganas de parar.

Los vecinos
ponen notas en el ascensor:
quereros en silencio.
¡Cómo vamos a callarnos
si el amor es grito
y concierto!

Bésame
hasta dejarme afónica
la espalda.

Nos desabrochamos
los pantalones
en mitad de la avenida,
porque el amor guarro
es el más romántico.

Nos podemos besar más alto,
pero no más claro.
Ni más cerca.

La belleza
está en el interior
de la ropa interior.
Trasnochamos buscándola.

Escándalo de mordiscos
y arañazos
a la luz de la penumbra.

14 dic. 2013

Sin mecheros ni cerillas

Entonces se abre el ascensor
y no sale nadie.
No hay nadie.

No hay nada.

Nada,
ni un cartel diciendo “volveré pronto”.
Ni poesía escrita con faltas
de ortografía entre los botones.
Ni siquiera niños saltando o sentados en el suelo.

Te asomas despacio,
miras dentro.
Sólo hay un espejo
con una cara manchada de rímel
y lágrimas.

¿A qué piso vas?
A ninguno, yo caigo en picado.

Hablas contigo misma,
que es peor que hablar sola.
Del tiempo.
No del sol ni de los nubarrones que había esta mañana,
sino del tiempo.
Del tiempo que hace
que no te despintan los labios.
Que no te levantan la falda.
Que no te rompen las medias
ni te preparan la cena
ni se enganchan a tu corazón.

Lees la propaganda del buzón:
pizza a domicilio,
restaurantes chinos,
juguetes caros para los hijos del siglo XXI.

Lees las facturas:
la luz ha subido –no necesita ascensor-,
pero a ti no te afecta porque vives a oscuras.
Sin velas.
Sin mecheros.
Sin cerillas.
Sin abrir los ojos.
Sin cuerpos desnudos
en llamas
en la otra frontera de la cama.

Con las bombillas destrozadas
por lanzar zapatos
las noches de fiesta que vuelves borracha

y echando de menos.

11 dic. 2013

54 días a la semana

Puedo besar a los chicos con barba
que toman café a las 10 de la mañana
en la terraza del bar.

Puedo cruzar la calle
corriendo y sonriendo
con el semáforo parpadeando
mientras señoras mayores con gafas de sol
y abrigos de piel
me gritan "yo también lo hice una vez".

Salir al balcón después de comer,
bañarme de sol,
cerrar los ojos,
detener el tiempo a las tres de la tarde.

Puedo fugarme a una canción
y vivir allí toda la vida.
O vivir en el desayuno
de una mañana de invierno con nieve tras la ventana.
O en una caja torácica,
al lado de un corazón hambriento.

Puedo caminar descalza
sobre el césped
y jugarme los pasos
por pisar sin mirar si hay cristales
del último botellón que hicieron
la nostalgia y el presente.

Puedo sentarme con las piernas cruzadas
delante de la puerta
a esperar que suene el timbre y seas tú,
o alguien con traje negro
sin corbata
para darme la noticia
de que tu recuerdo ha muerto
y me acompañe en el sentimiento
con mucho sexo y muchas cervezas.

Saltar la verja de una casa,
robar el periódico,
recortar las letras
y mandarle un mensaje de amor
a todos mis monstruos.

Puedo atracar una mirada
a punta de lágrima,
o de carcajada,
o de pistola.

Darle un abrazo a la mujer
que vende castañas
delante de la perfumería.

Coger el autobús equivocado,
viajarme encima,
preguntar la hora a desconocidos por la calle.

Puedo abrigarme mal,
estornudar,
perder bufandas.

Puedo necesitarte
54 días a la semana.

9 dic. 2013

Vivirnos

No quiero
tener tiempo para aburrirme.

Quiero que ocupes
mis horas,
mis minutos,
mi cama
y mis agujeros.

Quiero colgar un cuadro
mientras tarareo una canción,
y que tú me desnudes
con la mirada
desde la puerta del comedor.

Quiero hacer la cena
y cenarnos cuando la sopa
esté enfriándose.

Ábreme la puerta del ascensor,
ábreme la puerta de casa,
ábreme de piernas.

Dormir en hoteles;
robar las toallas,
fundir el minibar,
escribirnos versos guarros
con los bolis de recepción.

Sernos almohada y sofá.
Utilizarnos como colchón.

Leernos
con las manos calientes
todos los puntos y seguidos
de las piernas,
espalda
y pecho.

Quiero que agosto
nos parezca Groenlandia
comparado con las noches
de este diciembre.

Quiero vivirnos
en horizontal.
Morirnos en horizontal.
Resucitarnos mucho
en horizontal.

Caer de cabeza
con la boca abierta
y la música sonando.

Despertarnos las bestias
por la noche,
por la calle,
por debajo de la ropa.

5 dic. 2013

¿Por qué?

El invierno
la acaba de encontrar en el baño.

Tiene la música
puesta a todo volumen.
Se depila con cera caliente
mientras se pregunta
por qué nadie duerme con ella;
por qué ningún hombre
la llama de madrugada
para decirle que sin ella
la noche no vale la pena.

Por qué no le dedican canciones.
Por qué no le escriben
frases cursis
en el dorso de un ticket de compra.

Lleva los labios rojos.
Hay heridas
que sangran carmín.
Y ella sabe lucirlas.

Se recoge un mechón de pelo
detrás de la oreja.
También se pregunta
por qué nadie lo hace por ella.
En un banco o en una cafetería.
¿Por qué nadie le recoge
un mechón de pelo
detrás de la oreja en una cafetería?

Sale del baño
con las piernas desnudas y suaves.
No lleva ropa.
Qué guapa y sola está.

Tiene frío,
pero la culpa no es de diciembre.
Las estufas son de hielo
cuando al corazón le faltan
borracheras de besos en el sofá.
Y barbas a la piel.
Y clavículas a la barbilla,
para apoyarse cuando hay abrazo
en mitad de la calle.

Necesita besos
con furia de amor.
Necesita arder con la falda levantada
en algún baño de centro comercial.
Buscar ropa interior
debajo de la cama
de alguien que la invite a cervezas
y al cine.

Necesita que alguien le lea
en braille
las vértebras de su espalda recta.
Y se relama.
Y se chupe los dedos.
Y sonría porque sabe
que tiene a la primavera en el tacto
cuando la recorre.

4 dic. 2013

Besar pasados

Lloro como para llenar
las bañeras
de todos los hoteles de Madrid.

Como poco y a deshora.
Cruzo la calle
por cualquier sitio
menos por los pasos de cebra;
se me ha olvidado
qué pinta tiene un semáforo.

Hago cola
en la puerta
de los cines X.
Saludo con la cabeza
a los conocidos por la calle.
Hago pompas
con los chicles de menta;
los escupo a las papeleras,
siempre fallo.

Aplaudo después
de escuchar mi canción favorita.
Cada día tengo una canción favorita.
Beso con lengua a la música.
Me bebo a la música.
Me tiro a la música
en bares con frases
de García Montero
en la puerta del baño de señoras.

Me duermo en el metro.
Me duermo en los bancos del parque.
Me duermo en los ascensores.
No me duermo en la cama.
Nunca cierro los ojos
por la noche.

Te echo menos de menos.
Te insulto menos, también;
pero te insulto.

Me dibujo corazones
en el espejo del baño
después de salir de la ducha.
Los beso,
los beso,
los beso
y rompo el espejo.

Salgo a comprar pan
y un espejo nuevo.

Miro a las chicas abrocharse la chaqueta
mientras van en bicicleta.
Guardan el equilibrio,
y pintalabios rojo en la mochila.

No sé en qué día vivo,
muero
y resucito.
No sé en qué día vivo,
no tengo calendario.
Tengo dos yogures azucarados
con fecha de caducidad.
Tengo los labios destrozados
de besar pasados.

29 nov. 2013

Príncipe verde mar

65 pulsaciones por minuto.
Café recién servido,
le daré propina al camarero.

Escribo en una libreta
de páginas completamente blancas.

Escribo sobre
cuando no querías irte.

Escribo sobre el camarero,
que tiene tatuajes,
barba
y un culo precioso.

240 pulsaciones.
¿Qué haces en esta avenida?

Esa moto es nueva.
Y esas zapatillas.
Y esa mirada.

¿Dónde te has dejado
los problemas?

Ni se te ocurra
entrar en este bar.
Ni se te ocurra
entrar en este bar.
Ni se te ocu...

Haces ruido con la puerta.
Se golpea suave.

Te quitas la chaqueta,
camiseta negra.
Casco sobre la barra;
jefe, ponme una cerveza
y dame cambio para tabaco.

¿Por qué me he sentado
al lado de la máquina?

Ni se te ocurra
girarte.
Ni se te ocurra
girarte.
Ni...
Mierda.

Son los dos besos más asquerosos
que he dado nunca.

Me ves bien,
que si sigo con mi librería,
que si me compré un perro,
que si cuántas bocas
se mueren ahora
por morder la mía.

Te invito.
No, gracias.
Me invitas.

Te has mudado al centro
y tienes el buzón lleno
de propaganda.

No te han vuelto a colgar
en el portal
carteles con frases de canciones,
normal.

Duermes del tirón
todas las noches.
Te has acostumbrado
a la siesta.
Te pierdes todos los atardeceres.

Te dan los buenos días,
príncipe verde mar,
pero ésas tías no tienen
ni puta idea
de despertar a los poetas.

No, no he aprendido
a dormir sola.
La mayoría de las noches
duermo conmigo
o con chicos despeinados
a los que les obligo
a dejar el corazón
en el felpudo.
Traen el calor de mil chimeneas
en el bolsillo del abrigo.
Tú traías el de mil y una.

Venga,
paga y fóllame en el baño.

26 nov. 2013

Vitaminas

Lo que era impensable
aparece de repente
y te da un golpe en las narices
diciéndote aquí estoy, no haberme tentado.

Y te ves esperando
cada uno en una parada;
sin perder tres autobuses porque sí,
sin besaros,
sin dar cartas con un pie dentro
y el otro todavía en la acera.

Y ya no hay Madrid,
ni coche al lado de la playa,
ni buenas noches,
ni mejores buenos días.
Ni tampoco hay quedamos-esta-tarde
o me-muero-por-escucharte-te-llamo-en-cinco-minutos.

No se ha salvado nada.
Todo por los suelos.
Huracán arrasándome el verano.

Y qué feo
es ahora
llegar pronto a casa.

He comprado naranjas,
he hecho zumo,
pero esas vitaminas no me sirven.
¿Y las vitaminas del amor?
Estaban en las canciones,
en una voz de madrugada
en los callejones.
Pero ya se han ido.

Éramos poesía y música,
imagínate.

Y ahora sólo dos habitantes
de la misma ciudad
que se han desconocido muy bien.

Él en su noche;
yo en la mía.
Y el rock and roll
en la de los dos.

24 nov. 2013

Café para 300

Yo,
que disfrutaba con el invierno
igual que los niños
disfrutan quitándose
la cola blanca de los dedos
cuando hacen manualidades.

Yo,
que encendía chimeneas
y me sentaba delante
a no echarte de menos
y a escribirte de más.

Yo,
que no pasaba frío
en diciembre.
Y subía a los tejados
de todas las casas
donde miran la televisión sin besarse,
porque estaba por encima
de los románticos de ahora.

Me he caído
y tirito con la manta de cuadros
cubriéndome las espaldas.

El fuego me congela.

Mi suéter de lana
baja la guardia.
Voy prácticamente desnuda
tapada hasta el cuello
castañeando los dientes
por una calle donde una vez
callé a besos contigo.

Tengo las manos cortadas
por quitarme los guantes
para escribir
cada vez que veo a alguien
que tiene tu mismo corte de pelo
o esos pantalones ajustados
que fueron trinchera y refugio.
He gastado 20 bolígrafos
y sigo sangrando.

Qué domingo es la vida
cuando no me cantas.

Todas las mañanas
paso una eternidad de media hora
sentada delante del armario
pensando qué ponerme
ahora que no me vas a desnudar
ni por dentro ni por fuera.

Hago café para 300,
que son los fantasmas que has dejado
por los pasillos de casa.
No hacen ruido,
pero me dejan sorda.

Tengo que vaciar los cajones,
empezaré por el de mi pecho.
Y terminaré por el de mi mesita de noche,
donde tengo las cartas
que me escribías cuando éramos verano
y te despertabas pensando en verme.

Reprodúcete en mí, olvido.
Y quédate a vivir para siempre
en el hueco que dejen sus piropos
-si es que se van algún día-.

22 nov. 2013

Se volvieron piratas

Todos los triunfadores
son los que perdieron tus guerras.

Los que se dejaron la piel,
la saliva y el número de teléfono
en tu cama
y sobrevivieron.

Esos a los que amordazaste
con tu indiferencia
pero consiguieron no atragantarse.

Ellos tienen el vaso
sanguíneo
medio resucitado ya.

Supieron ingeniárselas
para reinventarte aburrida,
sosa
y fea.

Te sacaron de sus entrañas
y contaron su experiencia
cercana a la muerte.

Les dejaste tiritando,
muertos de frío,
durmiendo tapados hasta arriba
en los veranos del 86 al 91.
Sudaron y les bajó tu fiebre
de lunes,
martes,
miércoles,
jueves,
viernes
y sábado noche
-domingo de resaca-.

Taparon avergonzados
tus picotazos,
les sacaste los ojos
y se volvieron piratas.
Llegaron a islas desiertas,
pero se dejaron barba
y construyeron un barco más seguro,
muchísimos más seguro.
Con velas intactas
dispuestas a ser sopladas con fuerza.

Esos son los triunfadores.

Se les curó el corazón
y terminaron ganando,
escupiendo en tus cartas
lo que un día
te escupieron en el escote.

20 nov. 2013

Verano de no sé qué año

Me he despertado
en el verano de no sé qué año,
cuando ya sabíamos de sobra
ir en bici sin ruedines
y nos tirábamos por las cuestas
a las cuatro de la tarde
con la carne con patatas
todavía en la garganta.

Debajo de la camiseta
siempre llevábamos el bikini.
El río nos bajaba la fiebre de agosto,
nos calmaba los sudores,
amansaba a las hormonas que ya no nos dejaban
bailar tranquilos en las orquestas.

Merendábamos pan con chocolate;
nos recogíamos el pelo en una coleta,
los chicos nos estiraban de ella
-cuanto más fuerte, más les gustabas-.

Íbamos de casa en casa
gritando los nombres de nuestros aliados,
exigiendo que salieran rápido.
Habíamos quedado hace tres minutos.

Empezábamos a robarles cigarrillos
a nuestros padres
y convencíamos a los chicos de 18
para que nos compraran botellas de vodka
en la tienda del pueblo.

Por la noche nos sentábamos
en la más absoluta oscuridad
del parque de la carretera
y bebíamos y fumábamos
sin toser.
Crecíamos todas las noches
apagando las colillas
en las piedras que había
debajo de los columpios de neumáticos.

El dinero para helados
nos los gastábamos en chicles de menta
para camuflar el olor a Marlboro
de las camisetas azules y las chaquetas finas.
Pero aquello era peor.

Cuando llovía
nos metíamos en el bar
a jugar a las cartas o a los dardos;
o íbamos a llenarnos de barro
por los caminos de manzanos.
Casi siempre lo hacíamos todo.

También practicábamos
los besos con lengua.

Un verano crecimos de verdad
porque se nos ocurrió la genial idea
de enamorarnos.

17 nov. 2013

Cuando no estábamos muertos

Él estudiaba
y yo le estudiaba a él.

Nos despertábamos tarde,
besábamos pronto.

Íbamos al cine el día del espectador
y salíamos cantando I love Rock n' Roll
a grito pelado.
De noche.

Corríamos detrás de la luz verde
de los taxis.
Conocíamos a todos los conductores
de autobuses nocturnos.
Nos esperaban en la parada
con el semáforo parpadeando;
los veíamos desde la calle de enfrente
y acelerábamos el paso
esquivando farolas y pisando propaganda
de prostitutas de lujo.

Cenábamos pizza caminando por el centro,
nos besábamos en todas las esquinas
con la boca manchada.
Nos hacíamos con cervezas calientes
y cinco mecheros por un euro.

Él se compró una moto
y pasamos de la calle
a la arena de la playa.

Las luces del puerto
eran nuestras velas sin perfumar,
creaban ambiente acogedor,
era como un inmenso salón-comedor con olor a mar.
No veíamos estrellas fugaces,
pero por cada ola pedíamos un deseo
y nos metíamos mano diez veces.

Saludábamos a los pescadores
que iban abrigados hasta el cuello.
Yo agitaba la mano con la que sujetaba las zapatillas,
el otro brazo se lo pasaba a él por el hombro.

Éramos unos románticos
a orillas del Mediterráneo.

15 nov. 2013

Trenes de mudanza

Esta mañana me he mirado al espejo,
me he visto cara de hoy-tampoco-vuelve
y me he hecho el mejor desayuno
del mundo.

Ha sonado música todo el día.
Ha sido como un abrazo infinito y sanador.
Sin brazos,
pero con guitarra y batería, que a veces estrujan mejor.
Me ha abarcado todo el cuerpo;
lo único malo ha sido
que no le he podido tocar el culo
mientras apoyaba la cabeza en mi hombro.

Pero quién quiere tocar culos
cuando puedes saltar en el sofá
haciéndole los coros
a Johnny Cash.

Móvil apagado.
Televisión apagada.
Corazón apagado.

Sonrisa encendida,
compitiendo con el letrero
del restaurante chino
y con la luna que se metía él en el bolsillo
cuando se nos hacía de día cantando besos
o volviendo de los jardines donde nos habíamos colado.

Me he asomado por la ventana
y las cortinas se han acercado por detrás
rozándome la espalda como solía hacer él
cuando era el mejor.
Era el mejor.
El mejor de todos.

Ahora
con los pocos ahorros
de corazón que tengo
voy a alquilar noches de rock and roll solitario
que me lleven a ciudades
donde las carreteras señalicen mejor los baches.

Necesito veinte trenes de mudanza
para llenarlos
con los besos,
las gotas de lluvia,
las calles del centro,
las noches,
los bancos de la plaza,
los horarios de autobús
de verano.
Y que descarrilen en el precipicio
más hermoso al que se puede arrojar el amor.

10 nov. 2013

El primero que encuentre la poesía, se la queda

Ayer le compraron
el collar con la piedra verde
a la señora que vende
joyas de hilo y cuerda
en la calle de la universidad.

Yo pasaba por allí.

Andaba camino de clase
pisando el mantel de hojas muertas
que cubre las aceras.
Pensaba en lo bonito
que sería escribir sobre ellas,
resucitarlas,
llenarte la entrada de casa
con poemas de desnudo otoñal.

Naturaleza agonizando en las ramas de los árboles.
Contrasta con la cantidad de mares
que tú desprendes de vida.
La vida sale de ti
con la rapidez con la que se desenrolla
el papel higiénico lanzado por el balcón,
o igual que un aspersor moja
las rodillas de los que caminan
-de la mano o no-
por el borde de los jardines.

Y todo tu aliento
cae sobre mí,
se estrella en mis pulmones.
A veces desde lejos.
Otras
desde la cercanía
de cerveza y refresco en terraza de mesas pegajosas
al lado del campo de fútbol.

Los peatones
me miran las piernas desnudas.
Qué le voy a hacer
si este noviembre se ha calzado un alma anárquica
y me hace sudar a las puertas del invierno.
Aunque no sé bien si es noviembre
o tu regreso a la ciudad
lo que caldea el ambiente.

Me dan ganas de dejarte postales
en los cestos de metal de las bicicletas
aparcadas con meticulosidad,
estabilidad
y orden inquebrantable
-con todo de lo que mi respiración,
cuando estás cerca,
carece-.

El primero que encuentre la poesía, se la queda.

Puedo buscarla en la guantera
de tu coche.
Puedo buscarla en la tapa de calamares
que olvidamos pagar el domingo pasado.
Puedo buscarla en una canción,
e incluso indagar en poemas.

Puedo no buscarla,
y encontrarte de verdad.

7 nov. 2013

Así se divierte otoño

No hay boca ni lengua ya
junto a las que fugarse a San Fernando
en callejones de ciudad.

Ni guitarras que acompañen
a voces que interrumpen el pasar
de la madrugada
y sostienen la belleza
en un bucle infinito de minuto y veinte.

No hay nadie esperando
al lado de la fuente,
pero no pasa nada
porque los pasos de cebra
están llenos de gente bonita
impaciente por
cruzar(se con alguien de sonrisa y ojos tristes).

Y todavía quedan corazones
que se quedan con la boca abierta
y la mirada intensamente fija
cuando pasan al lado
de faldas que huelen a paredes con agujeros de chincheta.

La ciudad está llena
de poetas que no saben que lo son;
de barbas pidiendo bufandas de besos;
de amor peregrino
que vaga de taxi en taxi
hasta colarse en el bolsillo de uno
y en la mochila de otra.

Sólo hace falta que las plazas,
los parques
y los supermercados jueguen con las personas.
Que las personas se dejen ganar.
Que yo me pierda por otros huesos.

Y la música hará el resto.
La música siempre tiene la última palabra.
Las canciones han abierto
más piernas y corazones
de los que caben en un poema.
Y no me digas que un polvo no es mejor si suena Lynyrd Skynyrd.

Dormir sola tiene su aquél,
aunque es una putada
que nadie te vea el rimmel corrido
a las ocho de la mañana.

Pero qué guapa despeinada
y con la camiseta rota
delante del espejo
sujetando una taza de café con leche
y una inmortal certeza de poder con todo

La vida no es sólo
tumbarse al lado de alguien,
ponerle una pierna encima
y darle un beso mientras
te dice que tiene sueño.

6 nov. 2013

Vacío con hielo

He dejado notas
en parabrisas
de furgonetas blancas.

He escondido declaraciones de amor
-o algo así-
entre las hojas
de libros que descansaban
en áticos abuhardillados.

He colgado pancartas
en portales
de casas donde una vez dormí
con el aire acondicionado puesto
y el corazón valiente.

Me solté el pelo.
Me lo recogí.
Me lo soltaron.
Una vez fueron las manos del monte,
del frío,
de los caminos llenos de piedra
que llevaban a casa.

También me tocaron
los labios de la pintura,
por todas -y en todas- partes.
Su mejor época fue cuando nevaba
y las habitaciones estaban llenas
de acento vasco y caballetes.

Después se me rasgó el lienzo del corazón
y toda la música
hablaba de Luisiana.

Me he subido a trenes,
de asientos incomodísimos,
que nunca descarrilaban
en clavículas que quisieran dormir
bajo mi barbilla.

Perdí autobuses
por no perderme a mí misma,
y aun así todavía no sé muy bien
adónde va a parar lo que escribo.

He comprado en tiendas de segunda mano
para salvar un poco
a todo lo que para el resto del mundo
ya no era útil,
a ver si así me salvaba yo,
pero siempre me va a parecer atractivo
el amor de noche de verano.

He bebido de vasos
llenos de vacío con hielo.

He arrojado tazas a paredes de papel
que se manchaban de café
y me daban las gracias.

Y aquí sigo:
escribiendo con los ojos cerrados,
como cuando se besa de verdad.

31 oct. 2013

El otoño viaja en asientos rojos de autobús

Acabo de pasar por tu casa,
que es más paraíso que casa.
Donde un Adán que no es Adán
pinta al óleo a una Eva que no es Eva,
pero que sí está desnuda.

He llegado a mi casa
y he puesto encima de la mesa
un montón de noches en otra ciudad;
calles nuevas por las que se camina
entusiasmado con un poco de miedo
acariciando cada adoquín.

Qué atractivo es el miedo.
Y qué necesario saltarse
los no-voy-a-ser-capaz.

Ya casi es invierno
en los autobuses de interior.
Es la época de olvidarse
los guantes y las bufandas
en algún asiento.
De repartirnos el frío
entre todas las miradas.
De buscar el calor del motor,
o el de una libreta.
Nunca pulso el botón para solicitar parada
porque el conductor nunca pasa
por la rotonda
que tienes
entre la boca y el tatuaje del hombro;
y yo sólo quiero bajarme ahí,
que es lo que más cerca de casa me pilla.

Un hombre sube dos ruedas
de su coche a la acera,
sale y mira hacia arriba.
Luz roja en el parking.
Lleno.
Si quiere puede aparcar
en mi corazón, le sugiero.

Hay una chica con una mochila de los Rolling
comprando una bolsa de viaje.
Las bolsas de viaje son
para huir lejos,
las maletas son de ida y vuelta,
como los billetes feos de tren.

Te he visto escribir
y todavía no quiero cerrar los ojos,
¿y si arrastro tus frases con los párpados?
Quita.
Y tú, por favor,
no respires mientras sujetas el lápiz,
no quiero que se te vuelen las rimas
en un golpe de aliento huracanado.

30 oct. 2013

Si el calendario hablara

Los domingos por la noche
se encierra en casa
con las persianas subidas,
las ventanas abiertas,
las cortinas por los suelos.

Entra toda la vida de golpe.
Los viajes.
Los bares.
El sexo con desconocidos.
El primer cigarrillo.
La penúltima copa.
Las luces encendidas
en los edificios de enfrente,
tan cálidas, tan madrugada,
tan salvavidas.

Y cierra los ojos.
Unos ojos
que crean primaveras
en cada caminante sobre los que se posan.

Escucha Ella baila sola
sin pantalones,
sin nostalgias,
sin corazón.
Lo que le late en el pecho
es un viejo acordeón
de un marinero jubilado.

Se imagina en la mejor calle de la ciudad,
que no es otra que por la que él camina.
Andares para enmarcar
y colgarlos en el techo de la habitación,
para mirarlos fijamente
mientras se masturba.
Nunca antes al otoño
le habían quedado tan bien unos vaqueros.

Las sábanas blancas
se vuelven velas de barco,
pero no hay tierra a la vista,
ni al tacto,
y mucho menos al gusto.
La playa se ha dormido en julio.
El bikini eran dos manos
con las uñas pintadas.

El color del cielo
cambia a
azuloscurocasicorazón.

Ojalá ser ruido de avión
atravesando la ciudad.
Y hacer asomarse al balcón
a una chica que no duerme
pero sueña.
Que sólo lleva puestos
unos calcetines grises,
para que no se le escapen
las pisadas de otro suelo de parqué.

Por los pies se cuelan
las historias.

La música no para,
menos mal.
Y ella sólo se pregunta una cosa:
¿Por qué es tan bonita
la luz del letrero
de la librería de la esquina?

29 oct. 2013

Salto mortal

Casi te enamoras.
Menos mal.


Ir de puntillas alrededor de un corazón acojona más que bordear la cornisa de un edificio en plena noche de tormenta, en camisón y descalza.
Si te caes dentro de la sístole, estás perdido.
Si te cuelas en la diástole, estás jodido,
que es lo mismo que perdido pero suena más malhabladamente bonito.


Luego están los que no se conforman con rodear de puntillas un corazón,
también se ponen a bailar en la cuerda floja que lo cubre.
Malditos valientes que saltan sin miedo a caer rendidos a unos pies llenos de pulseras.
No ven el riesgo,
o no lo quieren ver.


Y todavía más loco hay que estar para cerrar los ojos mientras giran sobre sí mismos, abren los brazos y corren directos a las vías.


Llenan el pasaporte de poemas, canciones y mensajes cursis para que no les arrolle el tren.


Dan saltos mortales
para sentirse más vivos que nunca.


Todo eso dentro de una caja torácica que muerde.


Y caen.
Caes.
Caigo.
Te cuelas en la sístole.
Desembarcas en la diástole.
Y llamas hogar a un par de pulmones que no has visto en tu vida.
Ahora resulta que una respiración que no es la tuya te mantiene con vida.


Puede ser.


Lo llamas hogar, he dicho.
Esa casa tiene un sofá cojonudo, el más cómodo.
El microondas calienta bien. Y hasta las cuerdas de tender están rectas.


Entonces llega un día en el que la radio hace demasiadas interferencias, los cuchillos no están bien afilados, la lavadora te ha encogido la camiseta de tu grupo favorito -esto es lo peor de todo, ¿eh?-, y la luz del comedor ilumina poco; muy, muy poco. Se estrellan los vasos, los platos, la escalera de incendios -la mejor salida- desaparece.


El amable oxígeno de tus pulmones adoptados
te
ahoga.
Les salen brazos que se ensañan sobre tu cuello.


Y hay que SALVARSE.


Pero salir de ahí es como atravesar una trituradora de papel.
Aunque no hay trituradora, sino costillas.
Y no eres folio, sino piel.


Te van -me van- a dejar bonico -bonica-.

21 oct. 2013

Armario

Ahora suena una canción
y me viste más que cualquier camisa.

Vestirse con música,
¿no es lo mejor?

Voces rotas
que son pantalones.
Un piano de sujetador.
El cierre de un concierto
abrochado hasta el cuello;
que no se nos enfríen
los acordes del corazón.

Las sábanas
son una partitura arrugada
en el fondo de una papelera preciosa.
Al edredón lo rebobino siempre.

Llevo el rock and roll
subido hasta las rodillas.
Un jersey de punto
y seguido
al final de una estrofa.

Un escenario
que se sujeta firme
sobre los hombros.
Amplificador en la sonrisa.
Canción favorita entre las piernas, por supuesto.

No hay pijama,
hay guitarras eléctricas
y el último trabajo del mejor músico de la ciudad.
Hay bares con oferta en cerveza
que me dejan el ombligo al aire -libre-.
Camareros componiendo en servilletas
en el otro extremo de la barra,
ignorando a una chica que pide más hielo.

Tampoco tengo columna vertebral,
llevo una armónica
que me mantiene erguida;
alguna vez me soplan
cuando camino por la avenida
y me convierten en música:
de lo que se come, se cría.

Desde los tobillos
me cuentan los pasos un par de do re mi fa
sol
que no dejan que me pierda,
que hacen que la lluvia
siempre caiga bien.

20 oct. 2013

Primer cielo

Cuánta vida
hay en tu salón,
justo en ese espacio
entre tu terraza -que es el mismo cielo-
y la tierra.

El universo se concentra
en la forma y color de tu sofá.

Quiero caer
en la tentación
de tu camiseta gris.
Primero con los ojos,
quiero tocarte con mi mirada verde,
con el mismo pestañeo con el que abarqué
la costa del Norte.
Después con las manos,
con las mismas manos con las que
aquel fin de semana sostuve el mundo.

Son las once en punto -noche, claro-.
Yo te aviso de que estoy llegando,
tú enciendes la luz del porche,
bajas la luna,
yo llamo a la puerta
y una frase de Benedetti me besa los nudillos.

Besarte es como caer en picado
pero sin estrellarse nunca.

¿Dónde están tus libros empezados
cuando hacen falta?

Eres tan poesía
que necesito -necesito de que si no lo hago me muero-
leerte en lengua bajita.
Leerte para mí.

Quiero verte beber cerveza
y olvidarme de que sobre la chimenea
hay un reloj,
y de que ese reloj marca alguna hora.

Yo, a tu lado,
no existo para el tiempo;
dentro de tu casa no pasan los años,
somos jóvenes eternamente durante toda una madrugada,
durante seis horas y ocho discos,
durante un tenía ganas de verte, recítame algo.
Te recito lo que quieras
si me callas antes del último verso.

Tú eres mi minuto favorito,
mi hora exacta;
eres el único tiempo que quiero que pase,
que me pase
la barbilla alrededor del ombligo.

En tus brazos cabe el Pirineo.
En tu espalda cabe nuestro valle.
En tus ojos...
En tus ojos estoy yo sentada
sin zapatillas
y con un vaso medio lleno de zumo.

17 oct. 2013

De colchón a colchón

No estás,
pero estás.

Te has quedado
en la primera canción
que sonó el viernes por la noche.

Te has quedado
en la arruga que le hiciste a mi chaqueta
cuando me diste el abrazo
de despedida.

Eres un recuerdo besable,
palpable.
Tu eco suena a reencuentro.

La madrugada lleva el silencio
de tu sofá,
y el grito de tu mirada.
La luz de las farolas tiene más sol
desde que sé que tu pared existe;
desde que sé que guardas poesía en la terraza;
desde que compartimos madrugada.

Me he quedado
en el ladrido de tu perro.
En la lluvia de noche.
En el camino oscuro de vuelta a casa.
En el olor a tierra mojada.

Me he quedado
en el asiento del coche.
En la ventanilla bajada.
En la cara B del cassette.

Todas las carreteras
llevan a tu ventanal.
A despertares llenos de niebla.
A un valle infinito.

Estos latidos no dan marcha atrás.
He pegado un portazo de llegada.

El camino se ensancha;
se llena de ti,
de mí,
de vasos con labios marcados,
de noches en vela encendida con cerillas,
de frío valiente que se atreve a colarse
sin saber que no le hemos puesto plato.

Yo me instalo al lado de tu lámpara,
tú te mudas a mi jersey marrón.
Y todos contentos.
Alquiler barato, asequible:
besos y bocadillos de jamón serrano;
ideal para estos tiempos que ya no corren,
que vuelan,
nadan,
h
u
y
e
n.
Estos tiempos en los que detenemos el reloj
mientras Manolo nos canta aquello de
"un día color de melocotón, 
cuando todos seamos libres, 
cuando las piedras se puedan comer 
y ya nadie sea más que nadie".

Hoy se ha vuelto a hacer de noche
a pesar de que no te he visto cerrar los ojos,
ni beber café,
ni beber cerveza,
ni cambiar de CD.

Y yo,
desde una esquina de mi cama
y con la boca cerrada,
miro fijamente a la madrugada.
Está quieta,
callada,
trayéndome tu rotulador azul.
Te compartimos de alguna forma.

Estás,
al fin y al cabo: siempre vemos la misma luna.

15 oct. 2013

Bolsillos rotísimos

Un día pasamos
por el mercado del centro;
fue el primer día.

Yo llevaba una cámara de fotos
y vaqueros ajustados.
Él llevaba el rock and roll
colgando de su pendiente,
y la música más bonita
latiéndole en la camiseta.

Después de aquella tarde,
cada noche caminábamos
por las calles más antiguas de la ciudad.

Nos reflejábamos en los escaparates
de tiendas dormidas
y nos colábamos entre las sillas
de las terrazas de bares
donde otras parejas bebían
y se tocaban el alma con la lengua; igual que nosotros.

Perdíamos autobuses,
se nos fugaban por el hueco
de los bancos que hay en la calle de la fuente.

Soñábamos con gritar
desde los balcones de puertas blancas
y enormes cristales
de las casas viejas con puertas de madera.

Saludábamos a la cámara
después de cada mordisco,
era nuestra calle.
A veces llovía
y se nos mezclaba la saliva con la atmósfera.

Pasábamos delante de la chica francesa
que tocaba la guitarra
frente a la basílica.
Dos chicos con pantalones de colores
y collares de hilo marrón
vendían cuadros
sentados en una escalinata,
pero nosotros ya llevábamos el arte entre los dientes.

Veíamos a chicas de pelo largo
pedaleando rápido para llegar al semáforo en verde;
nosotros frenábamos en seco
cuando se ponía en rojo,
parábamos el tráfico a besos,
nos tocábamos el culo,
la cintura,
el cuello
y la primavera: menudos conciertos.

Cenábamos.

Nunca bailamos
en puentes de madera
ninguna canción de Frank Sinatra.

Nunca nos hicimos una foto.

Alguna vez dormimos juntos,
cómo olvidar
la sobredosis de vida
que supone ver al poeta tumbado y con los ojos cerrados.

Bebíamos agua en los parques.

Yo le enviaba besos rojos
por correo.

Él sacaba miradas bonitas
del bolsillo de su camisa vaquera.

Nos queríamos delante de las torres.

Llevo tiempo sin verle;
el chico más bonito de la ciudad
se ha ido con su música
a otra parte.

8 oct. 2013

No sé si me fui o me llevaron

Ha vuelto
la gente bonita
a los autobuses.

Han vuelto los hombres
con traje y corbata
que se giran después de pasar por mi lado.

Han vuelto las flores a los jardines
del casco viejo.

Han vuelto las cervezas frías
en noches más frías todavía,
por fin.

Han vuelto los viajes en todoterreno,
las ruedas desgastadas,
los mapas del tesoro
con un montón de nombres
de casas rurales.

La niña de las coletas
saltando las escaleras de dos en dos
con la mochila rosa cerrada.

Han vuelto los pasos de cebra
desiertos a las tres de la madrugada;
mis pasos sobre charcos,
también la primavera que se me quemó
en verano.

Las medias negras,
las noches para romper esas medias,
los paquetes de cigarrillos
olvidados
en las paradas de autobús.

Ha vuelto la chica que se sienta
en el banco pintado
de la avenida
y finge leer mientras observa cómo
la vida la lee a ella.

Ha vuelto la sección
de objetos perdidos
llena de sonrisas vivas
que se les cayeron a los guitarristas
del metro.

Ha vuelto
el chico del acordeón
a la esquina de la plaza.

El bar donde una vez me invitaron
a tequila
y a orgasmos;
la paz del tráfico lleno de taxis,
los mensajes de amor en los tranvías,
la música de claxon sonando
en las carreteras en hora punta.

Han vuelto las dedicatorias
a la radio;
el roce de manos al coger
el mismo paquete de galletas.
Las noches de teatro,
las madrugadas de fuegos artificiales,
el confeti a los cumpleaños.

Ha vuelto el chico
de la bici verde.
Los libros de segunda mano.
El vecino de barba
que siempre me sujeta la puerta.
Ha vuelto el ascensor
hasta el séptimo
-cielo-.

El fin de semana improvisado.
Los besos en el monte.
Los arañazos en los folios.
El barro en las botas,
y el atardecer que se encondía
en las rosas de la entrada.

Ha vuelto
la señora de mechas rojas
a preguntarme qué tal me va la universidad,
si tengo novio,
si todavía me gusta el otoño,
si me sigo rompiendo.

Ha vuelto el paso ligero
para forzar un encuentro
al otro lado de la calle.

El mar de noche.
Cenar en los coches.
Los besos de puntillas.

En realidad todo esto no se fue nunca,
la que ha vuelto soy yo.

4 oct. 2013

Aviones a 4000 poemas de altura

Lo primero que veré mañana al despertar
serán tus ojos.

Y no serán ojos,
sino el mejor paisaje
donde el sol se ha dejado caer
en las primeras horas del día.

No serán ojos,
serán monte,
río
y cabaña.

Serán chimenea, leña y fuego
calentando los versos
de nuestra pared.

También camino,
huellas,
polvo.

No serán ojos,
serán estrellas fugaces
a plena luz del alba.

Escaleras de piedra,
pájaros, lluvia fresca.

Serán películas en domingo
mientras nieva afuera.
Partida de cartas.
Un beso junto a la hoguera.

Serán notas por debajo de las puertas.

Cervezas frías,
cuellos cálidos,
cena preparada,
postre de sábanas blancas
y luna creciente a la que los dos aullamos.

Mañana por la mañana
tus ojos no serán ojos,
serán beso de buenos días,
verso de buenas noches,
orgasmo de buenas madrugadas.

Serán masaje en la espalda,
sonrisa en la penumbra,
niños jugando en la plaza.

Guitarra sobre el sofá,
Springsteen cantándonos "The River".

Ventanas frías,
luces lejanas.
Carreteras secundarias,
niebla en las curvas,
animales salvajes tumbados en la cama.

Serán botas manchadas de barro,
vaqueros sucios,
bolsillos llenos de pipas.

Aviones a 4000 poemas de altura.

Madrugadas,
desvelos,
mantas de ganchillo en la terraza.

Tus ojos no serán ojos,
serán árbol, rama, espantapájaros.
Huerto y nuevos frutos.

Incluso charco,
zarza,
araña y lagartija.

Serán primaveras dentro de inviernos.

Serán todo lo que no se ve pero está.

Serán todo lo que no hace falta decir,
porque ya lo decimos con las manos.

Seremos nosotros.

2 oct. 2013

Tierra firme

Me han dejado
en una estación de tren abandonada
con nombres de parejas grabados
en los bancos del andén.

Al reloj se le ha fugado el minutero.
Llego tarde a alguna parte
y pronto a ningún lugar.
Tengo una cita con las medias de la soledad,
se las voy a romper por las rodillas.

No voy a pedir perdón por tanto desorden
en el corazón,
por zambullir mi respiración en el barro,
por tantas letras de desamor.

Ya no hace falta correr,
no se va a enfriar la cena
que nadie me ha hecho.
No se van a consumir las velas
que nadie me ha encendido.
No tengo que despertar a nadie
dormido en el sofá
que me espera con la tele encendida
y alguna canción junto al cenicero lleno de colillas de porros.

Voy a dormir con los brazos abiertos
y el corazón en la otra punta de la ciudad.
Si ahora nevara se me llenaría el pecho de agua
y tendría goteras en la espalda.
Estoy tan vacía que hasta los pestañeos hacen eco.

Hay un puñal
en la carpeta donde guardo los poemas que te escribía en la bañera;
sólo necesitaba pensar en ti para no ahogarme.
Si dejaba de pensarte
me ahogaba hasta en tierra firme.

Cada madrugada es un desierto.
El agua no me sacia
desde que bebí tu música.

El mundo sigue girando,
pero yo me he quedado quieta
dentro de un sobre,
doblada como una carta que se ha leído 21 veces.

Los vecinos me gritan que baje la música,
¿qué culpa tengo yo de que mis latidos
suenen a canciones de Sabina?

Me he quedado sin gasolina,
y en toda la autopista que es mi cama
no hay un solo viajero
que pare a salvarme la vida.

Estoy enamorada.
De algo hay que morir, ¿no?

29 sept. 2013

La cuneta de mi cama

El vendabal no pasa,
se ha quedado en mi habitación
tirándome los libros
y golpeándome el pecho.

Me he parado a saludar
a un desconocido por la calle
y me he perdido.
Le he guiñado un ojo al cabrón del destino,
me las pagará algún día.

Estoy perdida,
te has llevado mis latidos y mi mapa.
¿Ahora qué?
Ahora pregunto a los tenderos,
que no me dan soluciones pero me regalan naranjas.

De equipaje llevo una vieja canción
y el tacto del césped en las palmas de las manos.
Un banco sin nombres grabados.
Dos entradas de cine.
Un libro de Historia.
Y la soledad tirándome del vestido.

A lo mejor llega un día
en el que mi corazón vuelve
con el tabaco que fue a comprar.
¿Te imaginas?

El viento dice que te va a soplar detrás de las orejas
y después te volará las cartas
que nunca te atreves a enviar,
cobarde.

Aquí no lucha ni Dios.

Tengo sueño
y un cartel de "abierto" en los párpados.
Todos estos bostezos se los dedico a tu entrepierna,
ella se los pierde.

Se me ha apagado el cigarrillo de después,
y ahora sólo puedo fumar acordes.
Me curo con cerveza
las rodillas raspadas de agacharme para buscarte debajo de la cama.
Los nudillos en carne muerta
de llamar a las puertas de hostales donde sé que no estarás solo.
La garganta rota de gritar tu nombre
desde la escalera de incendios.
-Para incendio
el que se me metió detrás del ombligo
cuando dijiste que dejabas de cantarme-.

Es el primer otoño que no llamas.
Tengo el contestador lleno de silencios sin rima.
La ropa interior está muerta.
No van los bolígrafos.
Los camareros ya no me fían.

Aquí estoy,
tirada en la cuneta de mi cama.

Eres lo mejor que me ha pasado
por encima.

17 sept. 2013

Julietas en Chevrolets

Me he dejado en la cuneta
un montón de vestidos,
que nadie me quitó nunca,
llenos de piel muerta.

Tazas rotas en la guantera,
paquetes de cigarrillos sin cigarrillos,
un cassette de música de los 70,
una botella de whisky medio llena.

Gafas de sol para conducir de noche,
autoestopistas con resaca,
moteles con puertas cerradas,
airbag en el alma para encajar cualquier golpe.

Lleno el depósito con frases bonitas,
lamo las gotas de combustible que resbalan,
pierdo los mapas en el kilómetro 30,
en el asiento de atrás he dejado un libro de visita.

Acierto en el blanco con los ojos cerrados,
en las gasolineras no arreglan corazones,
chaleco reflectante debajo de la lengua,
carreteras secundarias con los días contados.

El miedo me adelanta por la izquierda,
frenazo antes de llegar al precipicio,
besos asfaltados que se pierden en vasos de chupito,
amantes que ya no bajan para abrirme la puerta.

Vaqueros con bolsillos rotos en el capó,
condones sin usar en el salpicadero;
las latas de cerveza duran media recta,
después las aplasto con la punta del tacón.

Camiones de mercancías con orgasmos al por mayor,
diarios sin dueño,
multas garabateadas con tinta china,
camisetas ajustadas reflejadas en el retrovisor.

Desiertos en mitad de las canciones,
luz roja marcando que no queda gasolina,
puñetazo en el volante, suena el claxon,
Julietas en Chevrolets que ya no salen a los balcones.

15 sept. 2013

Los vecinos no hacen ruido

Ahora estoy en la playa,
y un monstruo marino
con ojos bonitos y mojito en la mano
me mira mal.

Lleva el nombre de las cosas que queman y duelen.

El mar está en calma;
el de verdad, quiero decir.
En mi mar interior ha subido la marea,
y los barcos luchan contra relámpagos
de viejas canciones.

Atravieso un túnel lleno de luces amarillas
que me lleva a mi habitación.
Desde este piso con ascensor
y con portal limpio
no veo bien el horizonte.
Los toldos no están rotos
y los vecinos no hacen ruido, qué fealdad.

Me quedo callada
y desnuda
frente al espejo del armario del pasillo,
mirando fijamente a mi corazón.
Sonrío al verle tan dormido,
tan inocente,
tan corazón.
Parece que nunca ha roto un plato.
Parece que nunca se ha roto.
Sonrío igual que un padre sonríe
al ver dormir a su hijo
tan tranquilo e increíblemente dócil.

Caigo en picado en una cama sin fondo.
El precipicio no acaba nunca
y los músicos siguen tocando.
Me dejo la puerta de la nevera abierta,
y la del congelador con mis sentimientos dentro también.
Qué despistada,
algún día perderé la sonrisa y no sabré dónde.

Tengo el pelo mojado y no huele a océano.
Tienen el olor de las duchas
a contrarreloj,
del jabón en los ojos,
de la esponja en la repisa de azulejos
esperando espaldas que carguen con algo que no sea miedo.

10 sept. 2013

Hueles a vino y a estrofa

Pasan los aviones.
Nos ven desnudos tomando el sol
en lo más alto del edificio.

Sedientos de agua y rima.

Buscando el sol
y la quemadura de unos labios
en los hombros.
Entre lunar y lunar.

Sonido de llaves.

El amor ya no llama al timbre.
Ya no se deja los nudillos
en mi puerta de madera.
Ha puesto su propia cerradura;
a saber qué ha hecho con la segunda copia de las llaves.

Pero te escucho.
Te escucho y me da igual lo que el amor
haga conmigo y con mi felpudo.

Te voy a besar y vamos a estallar.
Vamos a volar por los aires.
Nos convertiremos en millones de diminutos trozos
de cuerpo y alma,
de rima y acordes,
que caerán sobre las atracciones de feria
donde otros también besan y revientan.

Reventar de amor,
qué ridículamente romántico.

La tarde es eterna.
Hueles a vino y a estrofa,
que es como huelen los poetas.
Sabes a todo eso
y a libro viejo.

¿Adónde irán las nubes?
Te las estás llevando, ¿verdad?
A todas ellas,
con todas sus formas y todo su blanco algodón.

Me he curado siempre las heridas
con nubes empapadas de alcohol.
Alguna vez escocía
y tú soplabas.

Después escribías.
Y cantabas.

7 sept. 2013

Todos somos volcanes hasta que se demuestre lo contrario

Todos somos volcanes
hasta que se demuestre lo contrario.

Hasta que llegue un músico
a amansarnos con sus notas
de universitario
aplicado
y bebedor.

Entonces seremos fieras
inofensivas
viviendo de guitarras y besos rojos.
Y no habrá erupciones catastróficas,
sino sanadoramente bonitas
sobre ombligos y gargantas.

Y sólo sacaremos las garras
cuando haya que amar
en camas o callejones con salida.
O apoyados en coches.
O en las azoteas de los edificios
donde nunca viviremos
ni juntos
ni revueltos.

Se nos verán los colmillos
cuando leamos las letras
de canciones que se escribieron
en un verano de abstinencia sexual.
Se nos verán los colmillos
y los relameremos.
Los pondremos con cuidado
sobre piernas descansadas,
y ese será el mayor riesgo dulce
que correremos.

Arrancaremos a bocados
el aburrimiento de los domingos,
y de las noches sin películas buenas en la televisión.
Qué garras más bonitas
para quitar el polvo de las camas
y los sillones donde dejamos la ropa.

Seremos truenos.
De los buenos.
De esos que hacen vibrar los cristales
y traen relámpagos que bien podrían ser
flash de cámaras Polaroid.

Traeremos terremotos
en los bolsillos de las chaquetas.
Pero no se caerán los edificios,
ni los tejados de los polideportivos.
Sólo moveremos la lámpara de la mesita de noche
y el cuadro de la entrada
firmado por un viejo amigo pintor
que ahora vive en Nueva Orleans.

Estallaremos, sí;
pero no habrá lava,
sino semen.
Y la saliva será tan rock and roll
que nos drogaremos con ella.

5 sept. 2013

Los mejores gatos

Aullidos, hoy no llueve.
Nadie duerme: las parejas hacen el amor
y los poetas se masturban;
otros sólo buscan cigarrillos.

Los mejores gatos
vuelven a estas horas
a una cama que no es la suya.

Hay bocas de metro
que besan con lengua,
pasos de cebra sin leones al acecho,
poetas sonriendo en los cafés del centro.

La vida es un arte;
y los que besan, mis artistas favoritos.

Hay café descafeinado
para los revolucionados innatos.
Música de acordeón en el andén del tranvía.
Chicle en el tacón.
Ascensor roto.
Medias rotas.
Corazón... Corazón intacto. Eso es nuevo.

Desayunamos con los
ojos llorosos de sueño.
Comer con las manos,
amar con las manos,
mirar con las manos.
Las manos son mi lugar favorito.

Y que cualquier hombre
me pise los pies bailando.
Con ganas.
Que las orquestas no terminan
hasta que se nos rompen
los pantalones
por el bolsillo de atrás.

La vida da muchas vueltas.
A veces de campana.
A veces en la cama.
En alguna de esas vueltas
el mareo es memorable.

De madrugada
las vueltas
son el cambio de 20
al pagar el último cubata.

Ayer por la noche perdí el autobús
en una timba de póker.
Hoy vuelvo volando,
pero sin avión
ni SuperMan.

4 sept. 2013

Me cuento las pecas y los pecados

Me quito las zapatillas
con los cordones y las suelas desgastadas
de pisar tantos charcos
y de saltar todos los muros
de tu corazón vallado.

Cualquiera le echa un pulso
al verano.
Nos desnudamos y empatamos.
Nos besamos y ganamos.

A veces,
en sueños,
canto muda y beso con lengua extranjera.
Beso con acento italiano.
Beso al conductor de un Cadillac
en alguna carretera americana.

Camino hacia el monte
y cuelgo cantos de pájaros
en las flores de los balcones de las casas blancas.
Y me cuento las pecas
y los pecados. Pierden mis lunares.
Me confieso,
me absuelvo,
pero siempre regresa la noche.

Se van las nubes,
vuelve a llover,
hace calor y 4 tardes que no llamas.

El bastón se dobla;
me apoyo en las canciones,
en los discos de vinilo que
alguien me regaló cuando
el amor le dejó sordo.
En el tapizado de una silla de 1972,
en la televisión apagada de una cena en familia,
en las noches de luna llena a orillas de cualquier río
con luces artificiales innecesarias.

Lametones fuera de cobertura,
no hay señal,
interferencias en la saliva
que esculpe dulzura en los cuellos.
Marcas de dientes en los hombros,
barbilla irritada,
rodillas raspadas.
Última conexión de cama.
Llamadas perdidas en la almohada.

Se pone el sol
cuando la luna se quita el corpiño.
Me pongo yo
cuando
llega el estribillo de tu vieja canción.

30 ago. 2013

Sudados con el labio partido

Yo mataba arañas
y tú preparabas la cena.

Teníamos goteras,
pero las venas intactas
y la sangre en su sitio
-entrepierna y corazón-.

El colchón era viejo.
Por eso nos tumbábamos
uno encima del otro:
para turnarnos la comodidad.

Había que pintar las ventanas,
pero como todavía no sabíamos
cuál era nuestro color favorito
nos íbamos a pasear
y a besarnos en las sombras de los caminos.

Comíamos bocadillos de jamón,
bebíamos zumos de piña,
besábamos antes de que se hiciera de noche.
En la madrugada más.

Rompíamos tejas.
Nos peinábamos con los primeros
rayos de sol
reflejándonos en el cristal
de la puerta del balcón.

Los perros paraban de ladrar
después de las comidas.
Nos dejaban echar la siesta
y algún que otro polvo.

Nos perdíamos hasta llegar a una ermita
en la que nos gustaba gritar
estrofas de nuestras canciones favoritas
con Jesucristo casi desnudo mirándonos.
Resonaba por todo el edificio,
encendíamos velas,
tocábamos el órgano
y salíamos corriendo
con las zapatillas mal puestas.

Improvisábamos conciertos
encima de un sofá
con una funda de flores horribles.
Saltábamos cogidos de la ropa interior,
caíamos sudados con el labio partido.

27 ago. 2013

Escalera de incendios

Todas las miradas se escurren
por una escalera de incendios
resbaladiza.

Yo me escondo debajo del sofá;
las tempestades de vasos
y cuadros comprados a medias
no son mi fuerte.
Yo soy más de patada en la entrepierna.

En el fondo del vaso
no ha quedado nada:
ni fechas de conciertos,
ni un verso que escribí de noche
para que el amor siguiera silbando,
ni el llavero con forma de bicicleta.

Seguir pedaleando
sin música en los tobillos
es absurdo.

Se han vaciado las botellas
de agua.
Ya no somos minerales
ni naturales.
Tampoco reciclables.

Los bolígrafos
guardan equilibrio en mis rodillas.

En la parada del autobús
me piden fuego
y yo les rozo con mis mejillas.

Comentan el partido de anoche,
pero nuestra derrota es mejor
que cualquier gol por la escuadra.

Me queda una jarra de cerveza,
sin espuma,
de la última vez que nos abrieron
las puertas de la ciudad.
Robé las llaves
y ahora el deseo se ha mudado
a las afueras.

Palabras con heridas de guerra.
Verbos que son cuchillos afilados.
Las frases explotan en mis narices
y yo me relamo.

He aprendido
a recoger sola los cristales,
a lavar las sábanas,
a apagar la televisión.
A abrir latas de sardinas
sin cortarme el dedo corazón.

26 ago. 2013

Cama con tactos al monte

Luces apagadas.
Cama con tactos al monte.
Piel dulce.
Taza de té en la cocina.
Besos en el edredón.

El invierno se piensa
que nos ha ganado,
que se ha llevado todo el calor
y que la nieve nos congela
los pulgares.
Pero tenemos escondido
un infierno debajo de la ropa,
debajo de las mantas,
en el agua caliente de la bañera,
en el vaso de café.

Le abro la ventana al sudor,
que nos ondee sus cortinas
en las espaldas.
Los susurros encienden
velas en los dedos.
Deshielo de besos
en la columna vertebral.
Se rompe el miedo a la oscuridad.
Se incendia diciembre.

Cristales empañados.
Que vengan los poetas a escribir
con la punta del corazón
versos sobre sexo y despedidas.
Y reencuentros.
Y más sexo.

El frío nos ve desde fuera
subido al árbol que hay junto a la ventana.
Se masturba mirando
nuestro microclima
de lenguas malhabladas y gargantas bonitas.

Qué putas las horas:
les da por volar cuando deberían
contener la respiración
y quedarse quietas sentadas en el sofá
con esparadrapo en los ojos.
No os mováis, joder, quiero eternidad con él.

Besos con alcohol.
Mordiscos con alcohol.
Terminamos borrachos y con sed.

17 ago. 2013

Te escupí en el buzón

Las flores de plástico
ya no dicen tu nombre.
Te recuerdan como
aquél que venía
y abría la nevera
y mis piernas.

No las regabas.
Aunque a mí se me encharcó
el pecho.

He cortado el cable
del teléfono.
De golpe, sin pensarlo,
nada más levantarme,
cuando me he dado cuenta
de que nadie había hecho café.
Ni el amor.

He quemado las cartas.
Todas.
Incluso las de póker.
Para hacerme una hoguera en el corazón.
Hace un frío que te cagas
este verano.

Beso la lluvia
con las gafas puestas.
Tú besas a otras mujeres
que beben a morro las cervezas
los fines de semana
por la noche
mientras les desabrochas
el rock and roll.
Y el sujetador.

Hago fotos
a los discos de vinilo
que me quedan en las estanterías.
A falta de cuerpos desnudos
buena es la música
para guiñarle el ojo y disparar.

No me he puesto ninguna tirita.
Quiero dejar las heridas visibles,
al aire,
a ver si viene alguien
a llevarme a dejar de sangrar a los teatros
o en mitad de una avenida.

Voy a subir a trenes de mercancía
en marcha.
Voy a traficar con mi corazón,
que ya sólo sirve para cambiarlo
por algún cromo de fútbol del 92.

Llevo un candado en la mirada,
para que ningún otro animal
me robe el verde de los ojos.
O una pestaña.
O un parpadeo.
O un rastro de rímmel.
O la poesía que escondo en las pupilas,
esa que a veces guardo en las bragas.

Tengo el corazón
detrás de la puerta de la cocina.
A veces le paso un trapo
para quitarle los polvos.
Otras barro alrededor.
Pero no se le va la mierda.

El otro día
pasé por tu puerta
y te escupí en el buzón.
Lástima que ya nadie te escriba.

12 ago. 2013

Literatura abierta y verde

Escribió su mejor verso
después de poner agua a hervir
para hacer macarrones.
Qué bien comimos aquel día.

Qué bien vivimos
aquel agosto.

Una tarde nos echamos la siesta.
Duró 7 veranos,
21 canciones
y alguna que otra película
basada en hechos reales.

A veces era septiembre.
Sin clases,
pero con actividades extraescolares
para el corazón.

El sol se ponía
celoso.
Se mordía las uñas
mientras nos tocaba la espalda
y devoraba el color de las cortinas.
Destrozaba las persianas.
Quería llamar la atención,
pero yo sólo tenía ojos
y orgasmos
para un animal.

Cerrar los ojos
erar cerrar libros.
Y yo la literatura
siempre la llevaba abierta y verde.

No necesitábamos
más gasolina
que una canción
y 5 versos
en el espejo de la habitación.

Desayunábamos tarde,
en las verbenas
con orquestas de tercera.

Luces de neón sobre las iglesias.
Curas bebiendo gintonics.
Amén.
Amén.
A menudo tengo pensamientos
impuros, Padre.

Febrero aparecía de golpe
con sus mejores galas.
Lo utilizábamos para enfriar
la cama
y poder dormir.
El amor, después de hacerlo,
se quedaba un rato viendo la teletienda.
Luego se largaba
por debajo de la puerta
-como las cartas de los enamorados-
y sin coger el ascensor.

A la hora de la cena
estábamos en la costa
de una casa con vistas al bar
y nos dábamos un baño
en agua dulce
de ducha
sin peces antideslizantes.

8 ago. 2013

Noches de taxi y caminata

Llueve de noche
sobre la ropa tendida
y las moras del suelo.

Sobre el camino
que va hacia las cuevas.
Sobre las piedras
de la orilla del río
en el que ya no beso.

Se moja el árbol,
la hierba,
la casa sin balcón,
las tejas rotas,
las piernas del paseante
que ya descansa en su puerta.

Sacan la lengua los perros.
Se esconden los niños
detrás de las cortinas,
debajo de la falda de sus madres,
al otro lado del delantal de sus abuelas.

Y yo te echo de menos.
Me tapo hasta arriba
en la cama
y miro a tu ausencia
golpear mi pijama.

Se escucha el viento
y tu silencio.
Mueve tu eco mudo las cortinas.
Me pierdo en la montaña,
no quiero encontrarme sin ti.
No quiero pestañear sin ti.
Soy alérgica al oxígeno
sin ti.

Mi pelo se moja,
y no estoy bajo tu ducha
ni bajo tu pecho
ni bajo tus mantas.
Estoy bajo cero
sin el calor de tu música.

Camino por el monte
pensando en tus ojos.
Qué bonitos son
cuando me buscan
en las paradas de autobús
de aquella ciudad con mar
a la que me muero por volver
-quién me lo iba a decir-.

Volver a verte.
Volver al banco del parque.
Volver a las noches de taxi
y caminata.
Volver a buscarte;
qué suerte encontrarte.

Quién fuera guitarra.
Nevera.
Mesa de comedor.
Incluso sartén
o vaso de café.

Te sigo echando de menos
después de tanta palabra,
tanta lágrima,
tanta lluvia,
tanta cerveza sin alcohol.

Cruzo los dedos,
las piernas,
las calles sin mirar.

Llueve de noche,
me mojo sin ti.
Escribo sin ti.
Dormiré -si lo consigo- sin ti.

Hay que joderse.

6 ago. 2013

Camiones con nuestros nombres en cursiva

Aire acondicionado
en autobuses de provincia.

Luna llena sobre ciudades
donde se cenan sobras.

Casas blancas.
Mente en negro.
Pagar en metálico
y salir corriendo
machacando el acelerador
mientras suena algo de Springsteen.

Camiones de cítricos,
frutas y verduras
con nuestros nombres en cursiva.
Bocinas afónicas.
Hombres lobo disfrazados de oveja.

Atropellar en sueños.
Atropellar con lengua,
y literatura.

Melenas recogidas.
Sueltas en busca y captura.
Labios rotos: los mejores.
Viaje de 2 horas y 1992 pensamientos de amor.

35º a la sombra.
A la sombra de una falda
estalla el termómetro
y el tacto.

Medias tintas de pluma del siglo XIX.
Medias negras de Sabina;
la conoció en la estación, qué fatalidad.

Postales con olor a cerveza.
Correr sin maletas.
Mirar de reojo.
Enamorar sin bailes sobre puentes de madera.

Tos escondiendo insultos.
Miradas que piropean
y recitan versos mudos.
Bares de copas de árbol en otoño.
Vino tinto caduco.
Amor y deseo perenne.

Brindar:
hoy por él, mañana por su culo
y por mí cuando se lo toco.

Puertas blindadas a prueba de poetas.
Corazones con vallas electrificadas
que saltan sin problema los cantantes
de madrugada.

Marcos de fotos en blanco y negro.
Marcas de guerra en el pecho,
si lames con los ojos cerrados
se ven.

Tocarle las vértebras al rock and roll.
Deshacerle el nudo de la pajarita al jazz.
Músicos de blues locos de
atar
por las
cuerdas
de sus guitarras.

Desnudarse frente a un piano de cola.
Siempre con alguien mirando,
claro.

31 jul. 2013

Casi 44

Se reía a carcajadas,
tan loca y preciosa
que daban ganas de invitarla
a un cigarrillo
y a casi 44 copas
en vaso de plástico
en terrazas de edificios altos.
Y a una fotografía desnudos
con agua de mar haciendo de ropa interior.

Se limpiaba la boca
con la manga del jersey,
y las manos con el corazón.
Yo la veía.

Tenía el poder
y el querer.

Se bañaba de noche
en todas las playas,
desnuda.
Desnuda porque decía
que la luna tampoco se vestía
y mírala, ahí arriba está, siendo 
el blanco fácil de todos los poetas.

Le dedicaban canciones en la radio,
los coches paraban en verde
para dejarle taconear en los semáforos.
Lloraban las flores del parque, normal,
ahora la primavera tiene piernas largas
y un lunar en el hombro.

Las niñas la miraban desde abajo,
le estiraban con dulzura de la falda
para que les lanzara besos.
Cuando crezcáis no os rompáis las medias
antes de las 2 de la mañana.

Se pintaba las uñas
los viernes por la noche
para sujetar las copas a todo color
y para combinar con la piel de los hombres.

Bebía a tragos discretos e intensos.
Besaba el espejo de los baños de los bares
con la mirada,
y con los labios el cuello de camareros sin propina.

Subía sin bikini a los barcos,
y en las calas daba caladas
a cigarrillos que le ofrecían
los marineros con barba y esposa.

La vi hace poco
en la mirada perdida de un hombre
que sujetaba medio corazón
mientras leía la esquela del amor
en el periódico.

28 jul. 2013

Escribíamos versos en los ascensores de la facultad

A lo mejor era domingo,
o tal vez sábado.
Creo que lunes no,
porque no bostecé.
Pero era verano, así que no importa el día.
Sé que era de noche,
porque te veía con las manos.
Aunque eso también puede hacerse de día,
pero abría los ojos y veía estrellas
y un enigmático brillo de sol a través de
nuestra luna
de cielo y coche.

La ciudad se nos quedaba pequeña.
Sexo inhumano sobre
escaleras mecánicas.
Los portales nos guiñaban el ojo
todas las madrugadas,
y nosotros nos reíamos de ellos
metiéndonos mano en plena calle.

Yo me escapaba algún invierno
dentro de ese verano
y te echaba de menos.
Volvía para saltar y que me cogieras en brazos,
me apoyaras contra la pared
y me raspara los hombros
con la esquina de un cuadro de Matisse.

Sonaba el teléfono;
era la llamada del alcohol,
de los bares,
de la penúltima copa,
del ¿te apuntas? y del dime hora y allí estaré.

Corríamos detrás de los taxis.
Insultábamos a los conductores de autobús.
Alguna mañana le sacaba la lengua
a las floristas
porque la mejor flor la guardabas
en la bragueta
y yo no necesitaba más primavera que ésa.

Llegábamos tarde a clase:
Estos estudiantes sólo piensan
en fumar porros y escribir canciones.

Aparcábamos en los pasos de cebra,
pegábamos volantazo en las rotondas,
rompíamos retrovisores
en todas las persecuciones.

Robábamos bolígrafos
a los conserjes
y escribíamos versos en los ascensores
de la facultad.

Leíamos el periódico
mientras tú tomabas café
y yo fotos.
Queríamos ser portada,
así que hacíamos el amor
en los campos de fútbol,
en los circuitos,
a las puertas del Congreso de los Diputados
y en las pasarelas de moda.
Enamoramos a todos los periodistas.

Yo dije ven,
pero nos cortaron
el agua corriente.

26 jul. 2013

Bailo bajo la ducha

Qué oscuras son las noches
cuando se tienen las piernas cerradas.

Me acerco al muelle mojado,
en el agua se reflejan las nubes
y toda la miseria de
las camisas que nadie rompe.

El cantante se terminó fugando
con una musa adicta
a los chupitos de tequila.

Hay más rojo en los semáforos
que en muchos corazones.
Veo amor en los pasos de cebra.
Sexo cuando anochecen los adoquines.
Aullidos de cláxon.

Niños jugando con balones pinchados
ignoran que al crecer sigue el mismo juego,
pero lo que está pinchado
son los corazones.
Y los teléfonos.

Si tú me dices ven,
lo dejo todo en un baúl, por si acaso,
-también las luces encendidas-
y corro.
Miro hacia atrás
porque es bonito ver cómo la mierda se aleja.
No tropiezo.
Pies desnudos.
Carmín en los puños cerrados.

Me hago grande;
el país de las Maravillas
es una pensión con una recepcionista
en manicura constante,
cucarachas en la escalera
y condones en la cartera.
Me hago pequeña,
y mi niña interior
escribe un poema en la puerta del baño de un bar.
Dibuja un corazón y con las llaves lo destroza.
Pide la cuenta,
de propina deja el verde de sus ojos
y la dirección de sus caderas.

Ya no puedo hacer nada
si en la agenda se me olvidó anotar
que urgía el olvido.
En vez de tachar los días
me pongo un vestido rojo.

Si quiero romanticismo
bailo bajo la ducha, que es una lluvia preciosa.

24 jul. 2013

Ganabas todas las partidas de póker

Yo dormía en el hotel de la cocina
y tú debajo de un puente en el salón.
Fumábamos cigarrillos
y algún que otro porro de poesía.
Dejábamos mensajes en el contestador.
Gritábamos desde el balcón
esperando que todos los edificios nos escucharan.

Volábamos al espacio exterior;
navegábamos en la ropa interior.
Todas las ventanas con cortinas descorridas
tenían vistas preciosas a una ciudad
que ya no escocía.
Conquistábamos mil primaveras cada noche.
Perdíamos la cuenta de las margaritas deshojadas
cuando empezábamos a sumar canciones.

Daba igual la marca del coche
si me llevaba hasta tu playa
y yo podía ahogarme en el oleaje de tu entrepierna.

Me sentaba en la cama
sin sábanas
tocando desnuda la guitarra,
pero con el corazón vestido de cosas bonitas
y el pecho sangrándome rimas.
Escribía cartas que sellaba a besos.
Me declaraba firmando en manteles
de restaurantes baratos de barrio.

Me abanicaba en los bancos del parque,
venían desconocidos a sentarse a mi lado
y a recogerme el pañuelo de lunares.
Después venías tú a secarme las lágrimas
-todas de felicidad, claro-
y a invitarme al teatro.

En mi insomnio había libros y sexo;
en el tuyo cervezas
y cuellos de mujeres que guardaban
los paquetes de tabaco y el dinero
en el escote.

Sudábamos en las noches de invierno,
resonábamos en el infierno de nuestras piernas.
Arrastraba mi lengua por la autopista
de tu espalda.

Para todas las fiestas
me vestía pensando
qué pantalones te gustaría quitarme esa vez.
Bebíamos y desnudábamos
rápido y lento.

Te pasaba el brazo por el hombro,
y de cintura para abajo teníamos
derecho a goce.

En las fotos de mi habitación
salías con acordes en la boca
y guías de viaje en la mirada.

Subía tu marea y ganabas
todas las partidas de póker.

17 jul. 2013

Soplo en los arañazos de los que me salen las rimas

El paraíso existe porque él respira.
Y porque me canta.
Y porque me toca el culo cuando caminamos.

No necesito abanicos,
ventiladores,
aire acondicionado.
Sobrevivo a base de hielo en su piel.
O de sacar el brazo por la ventanilla
de su coche.

Qué poco duele el calor
cuando se camina descalzo por
el suelo de una casa donde está prohibido
ir vestido.

Melodías que saben a aire fresco,
comida para llevar.
La calle no existe,
se pasea mejor por los acordes de mil besos a estrenar.

Soplo en los arañazos de los que me salen las rimas.
La playa está lejos,
pero el mejor mar lo tengo en la bañera.
Pirata sin parche, con gafas de sol.
Al abordaje en un barco con sábanas rojas
y cámara de fotos en la mesita de noche.

Hacer el amor con cuidado, para que no se rompa.
Que nos quede bonito
y aplaudamos riendo.
Celebrar el triunfo con más sexo y cena para dos.

Sólo es de día cuando abre los ojos,
sigue siendo madrugada si todavía duerme
aunque sean las tres de la tarde.

Quiero beberme su voz.
O vivir en ella y bostezar en el balcón
cuando amanezca agosto.

Que se extingan los calendarios.
Vivir en 1982 o en 2094.
Verano u otoño,
pero siempre con flores en la terraza
y zumo de naranja en la nevera.

Y cervezas para él,
para que beba antes de besarme.
Y entonces mi corazón me pegue un puñetazo agradable
placentero
cómodo.
Encantador.

Me tumbo a su lado,
siempre quise dormir
abrazando el rock and roll
con las piernas.

15 jul. 2013

Bar de carretera al final del pasillo

He metido en un sombrero
más de un centenar de papeles
y quiero que cojas uno.

Allí es donde iremos de vacaciones.

Ha salido "nuestras espaldas".
Nunca te confesaré que ponía
lo mismo
en todos los papeles.

Viaje de una noche sin mapas,
sin carreteras,
sin furgoneta.

Una cama y el motor mordiéndome la piel.

Volante en los dientes,
por el retrovisor te miro fijamente,
envidio a tu ropa
y a la marca que te dejan los calzoncillos
en la cintura.

El freno de mano, esta noche, acelera.

Bar de carretera al final del pasillo.
Cervezas frías en la encimera de la cocina,
fregadero mojado,
platos sucios.
Marchando una de rock y mordiscos.
Marchando la infinidad de esta madrugada
que nos emborracha sin luna.

Emisoras de radio jugando con nosotros.
Un gemido en cada interferencia.
Escupimos el humo del tabaco
y los altavoces escupen el mejor sonido.

Ventanas con las hojas abiertas,
brisa con olor a mar.
Ojos cerrados,
pieles hambrientas.

Despertar de golpe,
ovacionar al insomnio.
Quedarnos tan silenciosos y desnudos
como una noche de noviembre.
Y volver a buscarnos los labios.
Y volver a viajarnos.
Y volver la mirada hacia el techo
mientras observamos con las manos
el mejor lienzo.

Que quepa todo lo bonito
en tu cuello.
Que quepan los parques,
los conciertos,
las patatas bravas con amigos,
el penúltimo chupito de la noche.
Y esta madrugada.
Que siempre haya hueco para toda nuestra desnudez.

12 jul. 2013

¡Que baile desnuda la música!

No es un bar,
es un refugio.

Enciende un cigarrillo en la puerta,
pide fuego al camarero.
Qué guapo está con toda la noche
calándole en lo más profundo de la garganta.
Humo y oscuridad se retuercen
alrededor de sus manos.
Llueve,
carreteras mojadas y corazones empapados de poesía.

La luz de las farolas parpadea.
Algunas tienen las bombillas rotas.
Qué más da,
las mejores noches se iluminan con rock and roll.

Un deseo por cada calada;
un beso por cada colilla.

Los taxis pasan de largo.
Hay vecinos envidiosos asomados a los balcones
en pantalón de pijama.
Pasen y vean, caballeros.
A estas horas de la madrugada sólo pueden pasar cosas buenas.

Durante toda la noche
somos inmortales.
Estamos más vivos que nunca.
Y con las gargantas apuntando,
disparando,
y convirtiendo cada frase en eternidad.

El día que nacimos
todo el mundo supo que un día seríamos dueños
de las calles.
Y aquí estamos, llenándolas de todo lo bonito
que nos sale de los ojos.

Alzamos las copas:
¡que baile desnuda la música!
Que nos guíe al meter mano.
Que el alcohol se nos derrame por el cuello mientras
vibra la ciudad.

7 jul. 2013

He perdido un libro y creo que me he roto

Mirando a lo lejos las montañas
te escribo sin llamarte por tu nombre.
No vaya a ser que aparezcas
y no me quede más remedio que besarte
dejando la pluma para después.

Se refleja el sol en las paredes blancas.
Y en los folios vacíos
donde todavía no he puesto la fecha ni el lugar.

Esta ciudad está viva.
Puede que más que nunca.
Son las 5 de la tarde y en el barrio de al lado
los obreros trabajan con los brazos oscuros
y el sudor en la espalda.
Piropean y sonríen, por supuesto.
Suenan los ladrillos rompiéndose,
suena a grito urbano que crece y crece.

Antenas y cables de alta tensión:
naturaleza de este jardín.

Te llevo conmigo
dentro de mis uñas en paro
que no buscan espaldas
desde que la tuya huyó prometiendo volver.
Lo mismo le pasa a mis rodillas,
tan juntas una de la otra que ya se están odiando.
Y no te hablo ya de mi barbilla:
está cogiendo la mala costumbre de no irritarse;
dile a tu barba que aquí sigue teniendo
habitación propia.

Los libros de poesía ya no me dicen nada,
me habla más el horizonte;
las paredes desgastadas;
la canción que suena en el coche que se para en el semáforo.
Y la cajera del nuevo supermercado,
que se ha dado cuenta de cómo tengo las rodillas
y me ha regalado helado de vainilla
mientras insistía en anotarme el número de teléfono
del cuñado de una prima segunda.

Saludo todas las tardes
a la mujer de pelo blanco que vive en el edificio de enfrente.
Me gusta la forma que tiene de tender la ropa
y sus pinzas de madera.
Lleva siempre una mirada llena de historias
que algún día le pediré que me cuente.
Yo le contaré el día que escribí ésto
y le hablaré de tus vaqueros
-seguro que conoce una forma especial de tenderlos-.
De mayor quiero ser como ella.
Antes quería ser guitarra; pero no,
de mayor quiero ser una mujer con historias en la mirada.

He perdido un libro y creo que me he roto.

No he vuelto a subir a ningún avión,
no he aterrizado todavía desde el último beso.
Aunque no siento vértigo.

Por cierto,
hoy es viernes.
Todo el día.

5 jul. 2013

Me he quemado la espalda, la poesía y el corazón

Un par de cervezas
y el mar hasta las rodillas.
Pantalones cortos empapados,
en la orilla hay camisetas rotas.

El verano tiene el sonido
de las olas rompiendo contras nuestras piernas.

Sombrillas que salen volando,
noches que llegan antes
de que nos pongamos morenos.

Existen personas que son barcos:
nos subimos en ellas y dejamos
que la corriente nos lleve.
Sin anclas, sin velas, sin timón.

Volamos cometas de piel;
somos islas donde los náufragos
quieren quedarse a vivir.
Para siempre.
Por los siglos de los siglos.
Sin amén.
Con juramento de besos.

Si quieres nos escupimos en la mano
y firmamos el trato.

Últimamente,
en las únicas declaraciones de amor
en las que creo
son en las escritas por avionetas en el cielo.
Últimamente desde hace 20 años.

Niños desnudos y mojados.
¿En qué momento se nos ocurrió vestirnos?

Ojalá la mujer del bikini de lunares
empiece a cantar una copla
y nos traiga el sur en bandeja de espuma de mar.

Qué blanco es el velero
que se desliza por el horizonte,
qué lejos está de las uñas pintadas de mis pies.

Podríamos haber nacido sol
y veranear entre las pulseras
que llevan las chicas bonitas
en el tobillo.

Dame una noche de verano
con amigos
en un bar
y te enseñaré lo que realmente importa en la vida.

Vuelvo a casa con arena en el escote.
Me he quemado la espalda,
la poesía
y el corazón.
Ahora sí que está rojo; corre,
aprovecha,
bésame.

Bésame mucho.

4 jul. 2013

Vigas de madera

Camino por esta ciudad
que se derrumba preciosa a mi paso.
Con ventanas invisibles
que chirrían en mis oídos,
en mis sentidos.

Ciudad plagada de la belleza de lo antiguo.
A reventar de bonito pasado.
Cuántas parejas se habrán besado en estas calles.
Cuánto desamor habrá manchado sus alcantarillas.
Cuántas cartas arrugadas se habrán arrojado
a las papeleras que se apoyan en las farolas.

Quién pudiera mezclarse
con las enormes puertas de madera
que presiden,
en silencio y llenas de historia,
los edificios más antiguos.

Convertirme en asfalto,
fundirme con los coches
que pitan a los ciclistas
y a los transeúntes más despistados.
O imprudentes.
O vivos, alocados y dueños de todo ésto.

Quiero ser barniz
para bañar las vigas de madera
-reinas de la arquitectura-
que asoman por los balcones abiertos
en las noches de verano.

Las cortinas tienen una coreografía aprendida,
el viento es el mejor compañero de baile,
la brisa se retuerce como una enredadera.
El sol existe a lo lejos; la luna preside la función.

Veo buzones a los que ya sólo llegan
las cartas del banco.
No quedan enamorados lamiendo sobres
y temblando en Correos.

Cómo me gustaría
que estos portales de números impares
se sentaran conmigo una noche de inverno,
frente a un fuego de leña,
y me contaran cómo han llegado hasta aquí.
Quién les trajo.
Si les gusta el paisaje.
Si están cómodos.
Si se asustan de la mirada humana.