Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.

domingo, 20 de julio de 2014

Instrumento de percusión





Yo antes dormía.
Ahora escribo, bebo y echo de menos.

Por el día soy un ser humano,
por la noche no sé lo que soy.
Los fantasmas que me dictan lo que te escribo
dicen que tengo los labios demasiado rojos
para estar muerta
pero luego me ven el corazón tan descosido y nublado
que me abrazan diciéndome “bienvenida”.

Me cuidan apartándome los mechones de pelo
que se enredan en mi bolígrafo negro;
soplando la llama del mechero
cuando después de quemar tu carta me hipnotiza el fuego;
acercándome otro folio si mis lágrimas lo bombardean.

No hay escudos contra sollozos.

Por las noches naufrago,
incluso mis costillas flotantes se hunden.
De madrugada aquí no quedan en pie ni los acantilados,
todo el territorio se allana y desaparece;
no hay montañas en las que resuene el eco de mis “quiéreme cerca”.

Mi boca es una casa abandonada
a la que los niños se acercan para arrojar piedras
y hacer apuestas de valentía.
Todos mis muebles están cubiertos con sábanas blancas desgastadas,
quiero que seas tú quien las aparte,
quiero que seas el único que se mueva en mi pista de baile.

Cuando se hace de día
vuelvo a sentirme el corazón,
no son latidos: son tambores de guerra,
el retumbar de mis ganas de luchar por ti.
Luchar por ti,
ya ves,
siempre me gustaron las cornisas resbaladizas.

martes, 15 de julio de 2014

Besos y cerillas





No te besé
porque sabía que sería como comprobar
con la lengua
que la plancha está suficientemente caliente
como para quitarle las arrugas a mi camisa
y agujerearla por completo.

Soy un Ave Fénix
con la asignatura de resurgir suspendida
y no quiero que me recojan
como a un cenicero que un perro ha tirado a la alfombra.

Un beso se convierte fácilmente
en una antorcha.
Un beso y una cerilla son gemelos,
adivina cuál es el hermano malo.

Tus labios son el asa de una taza de café
recién servida.
El asa no quema,
decían.
El vaso tampoco,
aseguraban tranquilos.
Mentían.

Estuve a punto de convertirme en leña
cuando te pusiste delante
pidiéndome que completara tu chimenea.
Me invitaste a pasar
pero me tropecé con el felpudo,
y cuando aprendí a saltarlo
se me olvidó cómo se mira hacia delante.

Me asustaron tus llamas,
pero ahora sé que el verdadero villano de esta novela
es la ausencia de ellas.

Es mejor vivir calcinado
que dormidos y arrepentidos.
Pero eso lo pensé después
cuando ya no había tiempo,
que es cuando se piensa todo lo bueno.