Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.

17 jun. 2014

Condena irrevocable




No te vayas.
Eres el catalejo que me ayuda
a avistar tierra firme.
Eres tierra firme
y yo hace tiempo que quiero dejar de volar por los aires,
de volarme la cabeza.
Quiero dejar de nadar a contracorriente
rodeada de tiburones
que me persiguen porque voy dejando un rastro de sangre:
arañazos de mis rodillas
provocados al caerme cuando te separaste un poco más de la cuenta
y mi corazón perdió el equilibrio.

Quiero escuchar una canción
y que no se caiga de la estantería de mi cabeza
la caja de galletas llena de olores, sabores, recortes de piel,
imágenes en blanco y negro y películas de acción.

Quiero jugar contigo a juegos de mesa,
al de las manos y pantalones vaqueros debajo de ella.
Y empatarnos.

Acércate un poco más,
este puente de madera se está tambaleando demasiado.
Ayúdame a saltar los huecos desde los que se ve el río lleno de cocodrilos,
ayúdame a llegar a la otra parte, donde hay más oxígeno.

Acércate,
yo no tengo ni puta idea de cambiar ruedas pinchadas,
ni de Titanics,
ni de vacunas que se ponen después de que un clavo oxidado
me atraviese el brazo.

Anoche escribí la frase de mi lápida
y diseñé la puerta de mi ataúd:
estoy condenada si tú eres el único que puede mantenerme con vida;
llegarás en el último momento
con un flotador pinchado
y contarás las burbujas que salen de mi boca
cuando debajo del océano te insulte y grite tu nombre
mientras tú
borroso en la superficie
susurras “lo siento, nunca supe cómo hacerlo”.

2 comentarios:

Rafael dijo...

Valientes gritos los que dejan estos versos.
Un abrazo.

Cobacho dijo...

Quién a amor mata, a amor muere.

A veces, ese es el consuelo de tontos que nos queda ante los males de otros.

Un saludo!
http://alpensarmiento.blogspot.com.es/