Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.

26 dic. 2013

Fuimos una gota

Yo lloro
y él se folla
a la puta de los tatuajes.

Yo lloro
y él se folla
a la rubia que está de paso.

Yo lloro
y él se folla
a la de las medias de lunares.

He perdido trenes
y la cuenta de los corazones
que he vomitado en autopistas
que llevaban a ninguna cura.

Los marineros cantan canciones
de amor
a las fotografías de sus novias.
Ellas se han quedado
en tierra firme
y lloran la pena
sobre la entrepierna dura
del frutero
o del vecino de la puerta 7-A.

Debajo de las uñas
tengo piel muerta de los suspiros.
Restos del cuerpo
de las promesas asesinadas
a patadas de realidad.

Me he clavado en los labios
los cristales de los vasos
que no fregué a tiempo
y llenaron la cocina
de suciedad y espera.

Se nos derramó el café.

Ahora bebo sola,
y eso es como un millón
de latigazos
en una espalda ya rasgada
por decenas de alfileres infectados.

Fuimos la gota preciosa
que colmó una bañera de furia,
que hizo estallar por los aires
el calendario y todas las fotos
que fingimos hacernos con la mirada.

Fuimos la gota con la que nos ahogamos.

No hay libretas para tanto insulto
que quiero escribirte.
Ni callejones en la ciudad
para todas las veces que quiero
que retumbe tu mierda de nombre
hasta que me reviente la garganta
y lo ponga todo perdido de poesía
y sangre.

25 dic. 2013

Otoños y mecedoras

Me siento al sol
en la mecedora.
Los versos se balancean.

El viento tararea algo
en mi pelo.
El mismo viento que mueve
la ropa tendida en tu terraza.

El temor se adormece.
La adrenalina y las ganas de luchar
se despiertan,
sin legañas en los ojos.

Sobre las tejas apiladas
cae una hoja seca de moral.
Otoño hace de las suyas,
y de las mías.
Y de las nuestras, claro.

A los árboles les sobra la ropa;
yo me abrigo con poesía.

A lo lejos
suena una canción
que viaja en un coche;
se enreda en el volante
y en las manos fuertes 
de quien conduce.

23 dic. 2013

Camisas remangadas

Suena un violín.
Un hombre toca al lado del museo.

El cielo está naranja y azul
sobre la cúpula de la iglesia.

Las antenas de las azoteas
suman los escalofríos que me debes.

En la tienda de muebles
compran mesas de madera
sobre las que se apoyarán
para escribir cartas de amor.

Hay vida en los balcones.
Vida que se asoma
para ver la vida
que corretea por debajo.

Taxis libres.
Anuncios de Lotería.
Mujeres con pañuelo al cuello.
Conductores de autobús
con camisa remangada.

Zapatos de tacón
envueltos para regalo.
Ropa recién sacada
de la tintorería.
Saludos de acera a acera.

Hora punta en los bares.
Futbolines.
Frío desterrado.
Chicas con el pelo recogido
pasan por la puerta del bingo;
luces rosas de neón,
contorno verde de ojos.

No nieva.

Semáforos en ámbar.
Que pasen los coches
y nos arrollen los miedos.

Alguien con bufanda
y guantes
se para delante
de una cabina telefónica
Tendrías que ver
cómo está la ciudad;
hay luces por todas partes,
pero el único brillo que me importa
es el de tus ojos.

19 dic. 2013

Cámara lenta

A veces imagino
que el día va a cámara lenta.

Músicos subiendo
despacio a los taxis,
cerrando la puerta
sin golpe fuerte,
dándole una dirección en un papel
al conductor.

El afilador callejeando sin prisa,
la gente que se asoma al balcón,
señoras que bajan
las tijeras de cortar pescado
y buscan monedas
en los bolsillos del delantal.

Chicas que se giran en la calle
al ver a un chico alto
que pestañea pausado
y encaja perfectamente
en una postal otoñal
-jersey y zapatos marrones-.

A ellas les vuela la falda
por encima de las rodillas
y cae como si fuera
un paracaidista que no tiene prisa,
delicia de albañiles
y del carnicero que fuma
en la puerta de su tienda.

Los aviones se quedan
casi estáticos
entre nubes y palomas
sobrevolando los edificios,
un niño sonríe señalando por la ventanilla:
está volando.

Las persianas bajan lentas
para que no moleste el sol
en la siesta,
los párpados caen
con la suavidad del movimiento
de una hoja en las aguas del lago.

Un hombre se mira al espejo
y se anuda la corbata que parece levitar;
coge una chaqueta,
primero el brazo derecho,
después el izquierdo
y cae sobre su espalda
como la capa de Superman
con la que soñaba de pequeño.

Se hace de noche con la misma lentitud.
Las farolas amanecen
frías
en la oscuridad
de las seis de la tarde.

Todo a cámara lenta.
Todo menos los latidos,
a esos no hay quien los ralentice.

17 dic. 2013

A estampidas

Desnúdate, que hace frío.
Y aúllale a mis lunares.

Somos fuego.
Y apunten y disparen.
Y al abordaje, pirata de ducha.

Qué fríos son los inviernos
sin besos a las puertas del teatro.
Qué tristes están las camas
que no se deshacen a estampidas.

Le hacemos la competencia
con gemidos
al camión de la basura.
A ver quién puede más.
Siempre se larga antes,
llevándose botellas de vino
mientras nosotros
vaciamos otra
y veraneamos en plena noche de diciembre.

Sin ropa.
Sin prisa.
Sin frío.
Sin ganas de parar.

Los vecinos
ponen notas en el ascensor:
quereros en silencio.
¡Cómo vamos a callarnos
si el amor es grito
y concierto!

Bésame
hasta dejarme afónica
la espalda.

Nos desabrochamos
los pantalones
en mitad de la avenida,
porque el amor guarro
es el más romántico.

Nos podemos besar más alto,
pero no más claro.
Ni más cerca.

La belleza
está en el interior
de la ropa interior.
Trasnochamos buscándola.

Escándalo de mordiscos
y arañazos
a la luz de la penumbra.

14 dic. 2013

Sin mecheros ni cerillas

Entonces se abre el ascensor
y no sale nadie.
No hay nadie.

No hay nada.

Nada,
ni un cartel diciendo “volveré pronto”.
Ni poesía escrita con faltas
de ortografía entre los botones.
Ni siquiera niños saltando o sentados en el suelo.

Te asomas despacio,
miras dentro.
Sólo hay un espejo
con una cara manchada de rímel
y lágrimas.

¿A qué piso vas?
A ninguno, yo caigo en picado.

Hablas contigo misma,
que es peor que hablar sola.
Del tiempo.
No del sol ni de los nubarrones que había esta mañana,
sino del tiempo.
Del tiempo que hace
que no te despintan los labios.
Que no te levantan la falda.
Que no te rompen las medias
ni te preparan la cena
ni se enganchan a tu corazón.

Lees la propaganda del buzón:
pizza a domicilio,
restaurantes chinos,
juguetes caros para los hijos del siglo XXI.

Lees las facturas:
la luz ha subido –no necesita ascensor-,
pero a ti no te afecta porque vives a oscuras.
Sin velas.
Sin mecheros.
Sin cerillas.
Sin abrir los ojos.
Sin cuerpos desnudos
en llamas
en la otra frontera de la cama.

Con las bombillas destrozadas
por lanzar zapatos
las noches de fiesta que vuelves borracha

y echando de menos.

11 dic. 2013

54 días a la semana

Puedo besar a los chicos con barba
que toman café a las 10 de la mañana
en la terraza del bar.

Puedo cruzar la calle
corriendo y sonriendo
con el semáforo parpadeando
mientras señoras mayores con gafas de sol
y abrigos de piel
me gritan "yo también lo hice una vez".

Salir al balcón después de comer,
bañarme de sol,
cerrar los ojos,
detener el tiempo a las tres de la tarde.

Puedo fugarme a una canción
y vivir allí toda la vida.
O vivir en el desayuno
de una mañana de invierno con nieve tras la ventana.
O en una caja torácica,
al lado de un corazón hambriento.

Puedo caminar descalza
sobre el césped
y jugarme los pasos
por pisar sin mirar si hay cristales
del último botellón que hicieron
la nostalgia y el presente.

Puedo sentarme con las piernas cruzadas
delante de la puerta
a esperar que suene el timbre y seas tú,
o alguien con traje negro
sin corbata
para darme la noticia
de que tu recuerdo ha muerto
y me acompañe en el sentimiento
con mucho sexo y muchas cervezas.

Saltar la verja de una casa,
robar el periódico,
recortar las letras
y mandarle un mensaje de amor
a todos mis monstruos.

Puedo atracar una mirada
a punta de lágrima,
o de carcajada,
o de pistola.

Darle un abrazo a la mujer
que vende castañas
delante de la perfumería.

Coger el autobús equivocado,
viajarme encima,
preguntar la hora a desconocidos por la calle.

Puedo abrigarme mal,
estornudar,
perder bufandas.

Puedo necesitarte
54 días a la semana.

9 dic. 2013

Vivirnos

No quiero
tener tiempo para aburrirme.

Quiero que ocupes
mis horas,
mis minutos,
mi cama
y mis agujeros.

Quiero colgar un cuadro
mientras tarareo una canción,
y que tú me desnudes
con la mirada
desde la puerta del comedor.

Quiero hacer la cena
y cenarnos cuando la sopa
esté enfriándose.

Ábreme la puerta del ascensor,
ábreme la puerta de casa,
ábreme de piernas.

Dormir en hoteles;
robar las toallas,
fundir el minibar,
escribirnos versos guarros
con los bolis de recepción.

Sernos almohada y sofá.
Utilizarnos como colchón.

Leernos
con las manos calientes
todos los puntos y seguidos
de las piernas,
espalda
y pecho.

Quiero que agosto
nos parezca Groenlandia
comparado con las noches
de este diciembre.

Quiero vivirnos
en horizontal.
Morirnos en horizontal.
Resucitarnos mucho
en horizontal.

Caer de cabeza
con la boca abierta
y la música sonando.

Despertarnos las bestias
por la noche,
por la calle,
por debajo de la ropa.

5 dic. 2013

¿Por qué?

El invierno
la acaba de encontrar en el baño.

Tiene la música
puesta a todo volumen.
Se depila con cera caliente
mientras se pregunta
por qué nadie duerme con ella;
por qué ningún hombre
la llama de madrugada
para decirle que sin ella
la noche no vale la pena.

Por qué no le dedican canciones.
Por qué no le escriben
frases cursis
en el dorso de un ticket de compra.

Lleva los labios rojos.
Hay heridas
que sangran carmín.
Y ella sabe lucirlas.

Se recoge un mechón de pelo
detrás de la oreja.
También se pregunta
por qué nadie lo hace por ella.
En un banco o en una cafetería.
¿Por qué nadie le recoge
un mechón de pelo
detrás de la oreja en una cafetería?

Sale del baño
con las piernas desnudas y suaves.
No lleva ropa.
Qué guapa y sola está.

Tiene frío,
pero la culpa no es de diciembre.
Las estufas son de hielo
cuando al corazón le faltan
borracheras de besos en el sofá.
Y barbas a la piel.
Y clavículas a la barbilla,
para apoyarse cuando hay abrazo
en mitad de la calle.

Necesita besos
con furia de amor.
Necesita arder con la falda levantada
en algún baño de centro comercial.
Buscar ropa interior
debajo de la cama
de alguien que la invite a cervezas
y al cine.

Necesita que alguien le lea
en braille
las vértebras de su espalda recta.
Y se relama.
Y se chupe los dedos.
Y sonría porque sabe
que tiene a la primavera en el tacto
cuando la recorre.

4 dic. 2013

Besar pasados

Lloro como para llenar
las bañeras
de todos los hoteles de Madrid.

Como poco y a deshora.
Cruzo la calle
por cualquier sitio
menos por los pasos de cebra;
se me ha olvidado
qué pinta tiene un semáforo.

Hago cola
en la puerta
de los cines X.
Saludo con la cabeza
a los conocidos por la calle.
Hago pompas
con los chicles de menta;
los escupo a las papeleras,
siempre fallo.

Aplaudo después
de escuchar mi canción favorita.
Cada día tengo una canción favorita.
Beso con lengua a la música.
Me bebo a la música.
Me tiro a la música
en bares con frases
de García Montero
en la puerta del baño de señoras.

Me duermo en el metro.
Me duermo en los bancos del parque.
Me duermo en los ascensores.
No me duermo en la cama.
Nunca cierro los ojos
por la noche.

Te echo menos de menos.
Te insulto menos, también;
pero te insulto.

Me dibujo corazones
en el espejo del baño
después de salir de la ducha.
Los beso,
los beso,
los beso
y rompo el espejo.

Salgo a comprar pan
y un espejo nuevo.

Miro a las chicas abrocharse la chaqueta
mientras van en bicicleta.
Guardan el equilibrio,
y pintalabios rojo en la mochila.

No sé en qué día vivo,
muero
y resucito.
No sé en qué día vivo,
no tengo calendario.
Tengo dos yogures azucarados
con fecha de caducidad.
Tengo los labios destrozados
de besar pasados.