Quiero
echarte a patadas
pero hoy he
soñado contigo
y esto es mi
desayuno.
Hoy no hay galletas.
Estábamos en
una ciudad
con coches
rojos
y señoras
con rulos en la cabeza
que se
chivaban a la policía.
Qué he
soñado es lo de menos.
Voy a
contarte qué he sentido.
Y qué
siento.
¿Alguna vez
te has despertado
con ganas de
llorar?
No voy a
hacerme la dura,
he llorado
cuando me he despertado.
Me he puesto
a llorar
porque en el
sueño nos mirábamos
y todo era
como en los primeros días.
Pero los
sueños, sueños son;
y a mí no se
me cumplen
ni los
plazos para devolver
los libros a
la biblioteca.
He abierto
los ojos
y he notado
la evidencia de que tengo que aprender
a pisar la
calle sin tus buenos días.
A no
ahogarme.
Ya estoy
practicando
para los
próximos sesenta años.
No lo llevo
bien,
pero poco a
poco;
como cuando
empiezas
a hacer
malabares con globos rellenos de arroz.
No es la
primera vez que sueño contigo,
seguramente
tampoco sea la última.
Pero ha sido
tan intenso y tan palpable
que sé que
fuera de él, en la vida real,
ya no queda
nada.