Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.

12 mar 2014

Ya no queda nada

Quiero echarte a patadas
pero hoy he soñado contigo
y esto es mi desayuno.
Hoy no  hay galletas.

Estábamos en una ciudad
con coches rojos
y señoras con rulos en la cabeza
que se chivaban a la policía.

Qué he soñado es lo de menos.
Voy a contarte qué he sentido.
Y qué siento.

¿Alguna vez te has despertado
con ganas de llorar?
No voy a hacerme la dura,
he llorado cuando me he despertado.

Me he puesto a llorar
porque en el sueño nos mirábamos
y todo era como en los primeros días.
Pero los sueños, sueños son;
y a mí no se me cumplen
ni los plazos para devolver
los libros a la biblioteca.

He abierto los ojos
y he notado la evidencia de que tengo que aprender
a pisar la calle sin tus buenos días.
A no ahogarme.
Ya estoy practicando
para los próximos sesenta años.
No lo llevo bien,
pero poco a poco;
como cuando empiezas
a hacer malabares con globos rellenos de arroz.

No es la primera vez que sueño contigo,
seguramente tampoco sea la última.
Pero ha sido tan intenso y tan palpable
que sé que fuera de él, en la vida real,
ya no queda nada.

3 mar 2014

Digestión

Sabes lo de las dos horitas
de digestión
antes de lanzarte de cabeza
a la piscina.

O antes del
"¡mamá, me voy al agua!"
en la playa.

¿No?

Pues sólo es
una variante
de la digestión del amor.

En el amor,
primero te tiras al mar
-saltas dentro de él,
quiero decir,
no hablo de que te lo folles-.
Y después haces la digestión.

Pero no es un mar cualquiera, ojo.
En ese mar
te tienes que ahogar,
por narices,
para que haya digestión.

Nadie quiere ahogarse,
claro.
Pero pasa.
Pasa.
Mucho.

Digestión de dos horitas
o dos añitos.
Según la cantidad
de boom boom ajeno
que te hayas metido entre pecho y espalda.

También importa
el número de latidos tuyos
que el/la otro/a
se haya tragado.

Y yo,
personalmente,
llevo
un buen
empacho.