Tranquila,
la culpa es de mayo.
Son noches mágicas.
Noches de poesía colándose
por el balcón.
Huele a primavera moribunda
y a verano impaciente por sudarnos.
Edificios sobre los que bailan las nubes errantes
con el mapa en la mano.
Ventanas con luces encendidas
y televisiones escupiendo películas porno
o anuncios de teletienda a un sofá vacío de sueños.
Y de sueño.
Calles llenas de una soledad preciosa
y precisa
con la que me iría a la cama
el último día de mayo.
Horizontal y bella;
vestida con bragas negras, y bella;
escupiéndole a los miedos, y bella;
tan bella que dan ganas de fotografiarla
hasta que el jazmín se ahogue en celos.
Me visto,
y me desvisto,
con la brisa fresca que muerde mis labios
desde la ventana.
Fresca porque me mata el calor.
Fresca porque se desnuda delante de la primera mirada masculina que le dice
"esta noche reinamos tú y yo, bonita".
Y ese 'yo' siempre es el mismo hippie dulce con barba
que me hace escribir cada vez que en esta almohada
sólo pestañean dos ojos.
A mi cuerpo le falta munición,
batería,
pilas.
Y yo sólo me recargo a orgasmos.
Y a viajes.
Aunque nadie sepa exactamente
cuál es la diferencia entre esas dos maravillas.
Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.
10 may 2013
2 may 2013
El único cenicero donde la ceniza quedaba preciosa
Cuando tengas la certeza de
que me quieres
tanto
o más
de lo que te quieres a ti,
huirás sin dejarme una nota,
una despedida,
una fotografía en la nevera.
Arrancarás el coche
y el punto muerto
te hará recordar que estás dejando
marchitar al amor de tu vida.
Arrancarás el coche
y el corazón de mi pecho.
Matando todas las sílabas
y tildes.
Cuando llegues al octavo
pueblo te darás cuenta
de que has roto el único cenicero
donde la ceniza quedaba preciosa.
Donde los cigarrillos se recogían
el pelo y se ponían sus mejores
vestidos
para morir en tu boca.
Cigarrillos y mujer son lo mismo en este poema.
Eres adicto a ambas cosas.
Y al final siempre terminas pagando.
Te enseñé a mirar al sol
y has terminado quedándote ciego.
Y perdiendo la vista y la razón
a base de jazz y whisky
en todos los bares de carretera
con luces de neón parpadeando "musas, putas y cerveza".
Y yo me reiré de ti y de tus historias
de viajes
cuando vuelvas con la cámara al cuello
y los bolígrafos colgando de los bolsillos rotos
para decirme que de todos los orgasmos que
has escuchado
el mío es el mejor rock
que te has llevado a los oídos.
Te cerraré la puerta tirando
tus maletas por el hueco de la escalera
mientras sonrío y me muerdo los labios
encantada de saber perfectamente que no vas a encontrar
gemidos tan maravillosos como los míos
en tu puta vida.
Ni en tu puta muerte.
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