Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.

7 jul 2013

He perdido un libro y creo que me he roto

Mirando a lo lejos las montañas
te escribo sin llamarte por tu nombre.
No vaya a ser que aparezcas
y no me quede más remedio que besarte
dejando la pluma para después.

Se refleja el sol en las paredes blancas.
Y en los folios vacíos
donde todavía no he puesto la fecha ni el lugar.

Esta ciudad está viva.
Puede que más que nunca.
Son las 5 de la tarde y en el barrio de al lado
los obreros trabajan con los brazos oscuros
y el sudor en la espalda.
Piropean y sonríen, por supuesto.
Suenan los ladrillos rompiéndose,
suena a grito urbano que crece y crece.

Antenas y cables de alta tensión:
naturaleza de este jardín.

Te llevo conmigo
dentro de mis uñas en paro
que no buscan espaldas
desde que la tuya huyó prometiendo volver.
Lo mismo le pasa a mis rodillas,
tan juntas una de la otra que ya se están odiando.
Y no te hablo ya de mi barbilla:
está cogiendo la mala costumbre de no irritarse;
dile a tu barba que aquí sigue teniendo
habitación propia.

Los libros de poesía ya no me dicen nada,
me habla más el horizonte;
las paredes desgastadas;
la canción que suena en el coche que se para en el semáforo.
Y la cajera del nuevo supermercado,
que se ha dado cuenta de cómo tengo las rodillas
y me ha regalado helado de vainilla
mientras insistía en anotarme el número de teléfono
del cuñado de una prima segunda.

Saludo todas las tardes
a la mujer de pelo blanco que vive en el edificio de enfrente.
Me gusta la forma que tiene de tender la ropa
y sus pinzas de madera.
Lleva siempre una mirada llena de historias
que algún día le pediré que me cuente.
Yo le contaré el día que escribí ésto
y le hablaré de tus vaqueros
-seguro que conoce una forma especial de tenderlos-.
De mayor quiero ser como ella.
Antes quería ser guitarra; pero no,
de mayor quiero ser una mujer con historias en la mirada.

He perdido un libro y creo que me he roto.

No he vuelto a subir a ningún avión,
no he aterrizado todavía desde el último beso.
Aunque no siento vértigo.

Por cierto,
hoy es viernes.
Todo el día.

5 jul 2013

Me he quemado la espalda, la poesía y el corazón

Un par de cervezas
y el mar hasta las rodillas.
Pantalones cortos empapados,
en la orilla hay camisetas rotas.

El verano tiene el sonido
de las olas rompiendo contras nuestras piernas.

Sombrillas que salen volando,
noches que llegan antes
de que nos pongamos morenos.

Existen personas que son barcos:
nos subimos en ellas y dejamos
que la corriente nos lleve.
Sin anclas, sin velas, sin timón.

Volamos cometas de piel;
somos islas donde los náufragos
quieren quedarse a vivir.
Para siempre.
Por los siglos de los siglos.
Sin amén.
Con juramento de besos.

Si quieres nos escupimos en la mano
y firmamos el trato.

Últimamente,
en las únicas declaraciones de amor
en las que creo
son en las escritas por avionetas en el cielo.
Últimamente desde hace 20 años.

Niños desnudos y mojados.
¿En qué momento se nos ocurrió vestirnos?

Ojalá la mujer del bikini de lunares
empiece a cantar una copla
y nos traiga el sur en bandeja de espuma de mar.

Qué blanco es el velero
que se desliza por el horizonte,
qué lejos está de las uñas pintadas de mis pies.

Podríamos haber nacido sol
y veranear entre las pulseras
que llevan las chicas bonitas
en el tobillo.

Dame una noche de verano
con amigos
en un bar
y te enseñaré lo que realmente importa en la vida.

Vuelvo a casa con arena en el escote.
Me he quemado la espalda,
la poesía
y el corazón.
Ahora sí que está rojo; corre,
aprovecha,
bésame.

Bésame mucho.