Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.

27 jun. 2014

Cojera





Intentar no enamorarse de alguien
es como intentar protegerse en el paredón de fusilamiento.

He cogido un vaso de agua
para tragarme mejor todos los trozos de tu metralla.
Me arañan la garganta, duele,
es como si llevara 48 horas sin parar cantando una de tus canciones.

Llevo pensando en ti todo el día.
Las gotas del paraguas colgado en la bañera
marcan los segundos; el tiempo pasa.
Tiempo incontable
como los rizos morenos de un niño pequeño.

Le doy la vuelta a la tela de mis bolsillos.
Nada.
No estás.

Es curioso cuánto puede molestar
alguien que no está.
Tu ausencia es una bocina de camión
de madrugada
cuando por fin he conseguido dormirme.
Tu ausencia es el saxofonista con peor fama de Nueva Orleans.

Ya no quedan palabras sanadoras
detrás del espejo del baño,
se me ha olvidado reponer el botiquín de emergencia.
Estoy desnuda y con un esguince en el corazón,
no voy a llegar a ninguna parte con los latidos cojeando.

Me doy la vuelta
y tu imagen desaparece rápidamente
como el humo de un cigarro que un adolescente abofetea con la mano
cuando escucha las llaves de sus padres en la cerradura.

Tu nombre es país,
has cerrado tu aeropuerto
justo cuando acababa de sacarme el pasaporte
y tenía todas mis maletas llenas de oxígeno para los próximos suspiros
y jadeos.

Te has colado en otro corazón
pero en el parque del mío
todavía se mueve y se escucha el chirrido
del columpio del que hace poco te has bajado.

25 jun. 2014

Ciudad casino





Hay un ambiente intranquilo debajo de las farolas,
parece que a algún romántico le han roto
su carta de amor en las narices esta noche.

Mañana volverá la luz
y se verán los trozos de una fotografía
debajo de la papelera del parque;
volverá el viento
como una niña soplando las velas de su cumpleaños
y limpiará el suelo de pedazos.

Volverán las pitonisas
con grandes anillos azules
los ojos excesivamente maquillados
los labios mal contorneados
a predecir exitosos romances con amantes millonarios.

Los músicos callejeros
cantarán a lo posible
y serán multados por hacer sonreír a alguien con el corazón roto.

Nos levantaremos ensangrentados
del cuadrilátero
inestables y tambaleándonos
pero sin necesitar agarrarnos a las cuerdas para mantenernos en pie.
Nos levantaremos ensangrentados
como recién nacidos
llenos de vida.

En los coches de los semáforos
sonará Vegas Club,
canción que levanta las faldas de las chicas que cruzan;
himno de vestiditos cortos.

Las bragas girando en las lavanderías
formarán los colores de una bandera que nos vamos a inventar ahora mismo:
la del sexo porque sí,
la del te quiero porque también.

Las vértebras dejarán de ser piedras incordiantes,
volverán a ser peldaños de la escalera hacia el cielo.

Dejaremos de buscar
y encontraremos lo que una vez nos robaron.

Enloquecerán las brújulas
intentando señalarnos
cuando estallemos de placer en todas las direcciones.

Saldrá otra vez la luna,
que es el mechero que el cielo utiliza
en nuestros conciertos de callejón o cama.

La ciudad será casino;
en las monedas saldrá siempre cara,
ganaremos todas las apuestas
y le tocará pagar a otro.

21 jun. 2014

Mira lo que somos




Somos la canción que el público canta con más ganas en un concierto.

Cuando alguien pregunta por el desastre
nos miramos y nos señalamos con el dedo, estamos orgullosos:
nunca antes un desastre había provocado tanta paz.

Eres un chute de tranquilidad por vía oral,
como si tus padres en vez de en una borrachera
te hubiesen hecho durante una sobredosis de tila.

El sexo nos pone una pistola en la cabeza y nos dice: ahora o nunca.
Así que nos arrastramos por el suelo de los parkings
como dos lagartijas por la fachada agrietada de la antigua papelería.

¿A quién queremos engañar?
Nos llevamos mal con los buenos modales
porque ahí reside un pequeño placer de la vida.
La confianza da asco
pero también mucho gustito.

¿Sabes lo que más me gusta de ti?
Que sólo con mirarte a los ojos, sin hablar, me lo dices todo.
Sólo con mirarte a los ojos sé hasta qué calzoncillos llevas.

Somos el área de peligro, la zona prohibida, el lado bueno
que delimita una valla de seguridad.
El recinto al que todos quieren saltar.

Ya no nos pedimos permiso.
¿Para qué?
Aquí los besos se dan inesperadamente,
como un autobús que se salta el semáforo y se cruza en el camino;
los corazones se rompen sin llamar antes al timbre
y se recomponen entrando por la puerta de atrás
aprovechando que el mayordomo se la ha dejado abierta.

La sensatez no duerme con nosotros.
Es una puta que contratamos a veces por horas.

Tu corazón canta,
el mío le hace los coros.
Mi corazón tiene goteras
el tuyo es un cubo que se pone debajo.

La cuerda floja es una pista de baile
de un local de los ochenta
donde hemos aprendido a bailar con los ojos cerrados.

No nos vamos a caer, nos han crecido alas en todas las cicatrices.

Eres meta,
y todos los días levanto los brazos
feliz
una vez más
por ser yo quien te atraviesa.

17 jun. 2014

Condena irrevocable




No te vayas.
Eres el catalejo que me ayuda
a avistar tierra firme.
Eres tierra firme
y yo hace tiempo que quiero dejar de volar por los aires,
de volarme la cabeza.
Quiero dejar de nadar a contracorriente
rodeada de tiburones
que me persiguen porque voy dejando un rastro de sangre:
arañazos de mis rodillas
provocados al caerme cuando te separaste un poco más de la cuenta
y mi corazón perdió el equilibrio.

Quiero escuchar una canción
y que no se caiga de la estantería de mi cabeza
la caja de galletas llena de olores, sabores, recortes de piel,
imágenes en blanco y negro y películas de acción.

Quiero jugar contigo a juegos de mesa,
al de las manos y pantalones vaqueros debajo de ella.
Y empatarnos.

Acércate un poco más,
este puente de madera se está tambaleando demasiado.
Ayúdame a saltar los huecos desde los que se ve el río lleno de cocodrilos,
ayúdame a llegar a la otra parte, donde hay más oxígeno.

Acércate,
yo no tengo ni puta idea de cambiar ruedas pinchadas,
ni de Titanics,
ni de vacunas que se ponen después de que un clavo oxidado
me atraviese el brazo.

Anoche escribí la frase de mi lápida
y diseñé la puerta de mi ataúd:
estoy condenada si tú eres el único que puede mantenerme con vida;
llegarás en el último momento
con un flotador pinchado
y contarás las burbujas que salen de mi boca
cuando debajo del océano te insulte y grite tu nombre
mientras tú
borroso en la superficie
susurras “lo siento, nunca supe cómo hacerlo”.

15 jun. 2014

Después del atentado



Los buenos han perdido.
Las banderas blancas están en el suelo
rasgadas y llenas de la sangre que ha salpicado
desde los cráneos de los enamorados.

Hay amantes atravesados por lanzas
en el borde de la fuente.
En los puentes han sustituido los candados
por manos entrelazadas,
las que arrojaron llaves al río;
cuelgan huellas dactilares de los barrotes,
si prestas atención y miras sin pestañear ni respirar
podrás ver la fuerza que utilizaban los dedos
para agarrar el boli con el que escribían cartas de amor.

Ten cuidado, los coches pasan rápido
y pueden salpicarte,
en el paso de cebra hay un charco
de letras derretidas:
postales del Sur
que alimentaron las chimeneas de los inviernos
de las ciudades del Norte.

Las ventanas están rotas.
Las piedras pequeñas que se utilizaban para llamar de madrugada
desde el jardín trasero
se han convertido en rocas.
Han atravesado los cristales
impactando contra la pecera e inundando la habitación y los pulmones
de la chica que duerme en ella.

Lo cursi ha dejado de traer paz;
el amor es guerra
y hacerlo es recargar el rifle.
El amor es guerra
de la mala
de la de morirse, y no de cosquillas.

Pero voy a escurrir la sangre de los trapos
en un tintero.
Voy a reescribirnos
más fuertes
en historias cuyos finales y principios
consistan en corrernos a la vez que nuestros corazones.

Ahora barre el desorden
cósete los agujeros de bala
levanta los brazos y saca bola,
somos forzudos del amor.

11 jun. 2014

Motor polifacético




Los corazones son seres insidiosos y encantadores.
Frágiles, fieros, musicales.
Luchadores, mendigos, triunfadores.
Bailarines, recepcionistas, jugadores lesionados.
Dormilones
hiperactivos
hijos de puta.

Suelen aparecer en manuales de Medicina
y en poemarios de poetas cachondos.

Se les arroja a los escenarios
envueltos en sujetadores
y en tanguitas que tienen frases escritas en inglés.
Se les escupe a los micrófonos
y caminan con las manos sobre los trastes de las guitarras del rock and roll.

Aparecen llenos de chupetones,
especialmente en el ventrículo izquierdo,
con agujetas por todas partes
de reírse a carcajadas en los parques de la ciudad.

Los hay con olor a Mediterráneo,
a Pirineo,
a ensalada para dos personas.
¿Has visto?: ambientadores del alma.

Aparecen remendados con la tela de las cortinas
con las que sus dueños evitaban que los vecinos
les vieran bailar desnudos en el salón de casa.
Cosidos de mala manera con hilo de pescadores.
Cubiertos de un esparadrapo malo y sucio que se despega constantemente.

Por la Calle Mayor se ven colgados en los balcones
tendidos al sol al lado de aloe vera y geranios: la posguerra y la primavera,
secándose después del centrifugado
formateado
y puesta a punto.
No hay pinzas para tanto corazón,
hagan cola.

Se han encontrado corazones en el fondo
de botellas de whisky robadas.
En sobres de cartas que atraviesan fronteras
y llegan con jet lag 48 horas después.
Debajo de las butacas de los teatros.
En el camerino de los cómicos.
En la sala de los vis a vis del sector peligroso de la cárcel.

Hay corazones que se han quedado atrapados
entre la puerta del bar y la acera de la calle
mientras a otros les rascaban la espalda en la cama.

Son animales de compañía: todo perro ladra
pero, sobre todo, muerde.

8 jun. 2014

Así es mirarte de cerca




Como ser una niña en la boda de una tía lejana
que escucha Extremoduro en misa
con los auriculares puestos.

Como que el amor de tu vida
se duerma en tu cama
con una mano en tu teta derecha.

Como apoyar los pies
en la cornisa del séptimo piso
sabiendo que vendrá alguien por detrás
para empujarte hacia la vida.

Como una pintada en la fachada
de la casa donde vives con tus padres
en la que se lee
“sólo quiero follar contigo”.

Como la única ventana
que conserva el cristal intacto
en la fábrica abandonada de miel.

Como un crucigrama
que se completa con la palabra “música”.

Como Dalí pintándote
enredado en las patas de sus elefantes.

Como ser el cliente un millón
del supermercado del barrio
y que te obsequien con suministro de cerveza vitalicio.

Como ver tu nombre
en la cabina de un camión
que pasa a toda velocidad en dirección contraria
por la Nacional X.

Como que el flequillo no se te despeine nunca.

Como llegar a casa con hambre
y acordarte de que ayer te llevaste un táper
con comida de casa de la abuela.

Como que no te pare nadie por la calle
para hacerte una encuesta.

Como fumar en la bañera.

Como lamer el palo de un helado.

Como que alguien se te declare
sin ir borracho.

Como esnifar la vida de golpe,
ponerse hasta el culo de experiencias.

Como estar en el Sáhara
y en la Antártida
al mismo tiempo.

Como resucitar.

5 jun. 2014

Comunicado de abandono



Ha dicho “necesito estar solo”.
Vale, te dejo que te subas los gayumbos tranquilo,
yo bajo al chino a por algo de cenar
y ahora subo.
Ha añadido “un tiempo, unas semanas, unos meses”.
Necesito otras tetas
se leía perfectamente en los silencios
entre palabra y palabra.

Millones de calendarios
bailan delante de mis narices
con zapatos de tacón
y me clavan debajo de las uñas
las agujas de todos los tatuajes de Kronometrillo.

Los rotuladores rojos
con los que suelo tachar los días
me han escrito “muerta” en la frente
y en la puerta de mi pecho han puesto un letrero:
“desastre nuclear,
poneos a salvo,
que nadie se acerque”.

Duele como cuando tu compañero de pupitre
en segundo de preescolar
te rompe el dibujo que acabas de hacer.
Tienes ganas de afilar lápices
y buscar sus ojos como quien busca en las cabinas de teléfono
monedas para poder saldar la deuda con el camello
que vende en el callejón que hay detrás del ambulatorio.

Su mirada se ha vuelto sal en una herida abierta
vinagre en unos labios cortados
puerta de coche que te pilla los dedos.

Soy un jodido ratón
que se ha cruzado delante de un gato blanco
al que acaban de pisarle la cola.

La mecha era más corta de lo que pensaba.
La traca final ha sonado a deshora
demasiado cerca,
me están sangrando los oídos
como una gran fuente en mitad de un patio andaluz.

Se me ha derretido el alma,
es una vela que se ha quedado encendida
toda la noche
alumbrando a una pareja que folla.

Ahora me quemo con la cera ardiente
de mis propias entrañas.
Con las gotas de su saliva,
todavía mezclada con la mía,
que se pudre detrás de mis mejillas.

La ciudad está contaminada
con su aliento,
los edificios se deterioran
y se me caen encima.
Respirar cerca de él
me agujerea los pulmones.

Le arrancaría la lengua
para dársela a los perros,
pero no se merecen comida basura.

3 jun. 2014

Abre los ojos



Voy a arrancarte el miedo a bocados
y lo voy a escupir por la ventana.

Ven, asómate conmigo; tengo buena puntería, caerá sobre la cabeza de alguien (un calvo, tal vez, o una señora con la permanente recién hecha) y nos reiremos un rato.

Cierra los ojos un momento; voy a desabrocharme los botones de la blusa, de abajo arriba, como el ascensor al que me subo para buscar la gloria de tu infierno.
Espera, no mires todavía, también tengo que bajarme la cremallera del corazón, o saco de sentimientos (por eso de que suele llevarse golpes), llámalo como quieras. Ahora está desnudo, sin bufanda, puede resfriarse en cualquier momento. Los corazones no entienden de estaciones (meteorológicas quiero decir, de las otras un poquito sí), ni de cambio climático, ni de terminar de ducharse y salir al balcón en diciembre con el pelo mojado; son las palabras y alguna que otra mirada las que pueden provocarle una pulmonía. Cuídalo, sería horrible que te estornudara en la cara.

Contigo me dan ganas de salir de casa con el corazón descalzo porque sé que no se clavaría ninguna piedra y saltaría todos los charcos.

No suelo tener las cosas claras, más bien acostumbran a tener el color del suelo de un vertedero y la luz del baño compartido de un motel a las afueras de una ciudad de la que todos quieren irse. Pero cuando te acercas se escucha a un dios gritar “hágase la luz” y me siento como la acera de la avenida de los puticlubs y los casinos un sábado por la noche; todo el mundo busca alguien que le haga sentirse así.

Te miro como quien no quiere la cosa.
Ni la persona.
Como quien quiere el animal.
Como quien quiere perder el control, levad el ancla y dejarse llevar por la corriente de los mares del sur, hasta llegar a una isla desierta o impactar de cara contra la pared rocosa del acantilado adonde van a morir las sirenas: me da igual si es contigo.

Esto es la guerra,
pero nosotros llevamos el uniforme del mismo bando: piel desnuda y corazones acojonados.
Abre los ojos, estamos ganando.