Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.

23 feb. 2014

¿Te has parado a pensarlo?

No puedo esperar que vuelva.
Igual que no puedo esperar
que haya papel
en cada baño de bar al que entro.

Me echó susurrándome
que era un hasta luego.

Ahora entiendo que
el hasta luego
no era hasta él,
sino hasta otro amor.
Me despedí del amor
en su cuerpo.
Se despidió del amor
en mí,
hasta que vuelva a saludarlo
en otro cuerpo
con más tetas
y los dientes más rectos.
En otro cuerpo
de otra chica
menos pesada,
menos agobiante.

No se podía quejar
de mis abrazos.
Abrazaba con todas las partes
del cuerpo,
incluso con las sentimentales.
Abrazaba con la rabia del fin
de cada noche.
Abrazaba con la ilusión
de nuevos abrazos.
Abrazaba con el vértigo
que me daba pensar en no abrazarle más.

Tengo muchísimo miedo
de que el último beso
sea de verdad el último.

¿Quién es más cobarde?
¿Él, que ya ha borrado
todo lo que tiene que ver conmigo;
o yo, que sigo leyendo la única carta
que me escribió?
YO, por supuesto.
YO en mayúsculas.
YO a gritos.

Quiero salir de esta canción.
Con
o
sin
él.

Se me está atragantando
el estribillo.
La ausencia.
La certeza.

Te voy a perder.
Pero tú también me vas a perder a mí.
Para siempre.
¿Te has parado a pensarlo?

21 feb. 2014

Alma libre, pero un poco a mi lado

No quiero compartir contigo
una casa
con habitación doble,
baño con dos esponjas
y sitios fijos en el sofá.

Ni una cocina
con trapos de colores
con dibujos de frutas
verduras
y animales que dan leche
o con los nombres de la semana.

No quiero un despertador
programado
-ni sin programar-
que primero suene para ti
y después para mí,
o al revés,
en la misma mesita.

No quiero copias de la misma llave.
No quiero lanzar monedas al aire
para ver quién baja a comprar el pan.

Quiero que me escribas
de noche
borracho
después de follarte a otra,
y que me digas
que el polvo no ha estado mal,
que te has corrido
pero que esa chica tampoco era yo
y eso te pone triste.

Quiero que un día me des por perdida,
y demostrarte que no es así.

Quiero que pienses en mí
antes de dormir,
de repente a las siete de la tarde,
o cuando te masturbas.

Quiero que seas alma libre,
pero un poco a mi lado.

9 feb. 2014

Sin asiento en el autobús

Dices que nunca me has querido.
Así que he cogido tus cartas
y he puesto un 'no' delante de cada 'te quiero'.
He tachado los adjetivos que me aceleraban bien el corazón
y los he cambiado por nombres de países
a los que nunca voy a ir contigo.
Olvídanos, Italia;
hasta nunca, Francia;
Irlanda, no nos esperes;
Alemania, ya no valemos nada;
Estados Unidos, el músico no se viene.
España, bueno, no te queda más remedio
que aguantarnos cambiándonos de acera
para evitar saludos con sonrisas falsas
e impulsos de abofetear.
O de besar.

Otras se enamorarán de ti.
Y tú seguirás fingiendo que te enamoras
para poder tocar tetas y culos enfundados en vaqueros.
Conmigo te quedó muy convincente,
ni siquiera en tu mirada parecía irreal.

A otras les cantarás.
Y les sonreirás de medio lado.
Y te mirarán creyendo
que eres el único hombre de la Tierra.
Y no irán mal encaminadas:
el único, sí, el único gilipollas.
Shhh, ¡esa boca!

Enjáulate bien el corazón,
porque el día que te lo muerdan de verdad
sí que vas a estar jodido.
El día que te doblen los barrotes
y se cuelen hasta la cocina
sabrás lo que es la vulnerabilidad.
Y cuando se vaya -sea quien sea ella-
dejándote un miserable y volátil mensaje en el móvil,
sólo tendrás ganas de cantarle
a la mentira de qué zorras son todas.
La culpa será tuya.

La culpa es tuya.
De todo.
Hasta de que esta mañana perdiera el autobús
y no hubiera asientos libres en el siguiente.
También de que en la librería no quedaran ejemplares
del libro de Henry Miller que estaba buscando.
Y de que a la señora Elisa
le hayan dado mal el cambio en la mercería.
De todo.
De todo.

Y yo sigo esperándote.
Se me habrá pegado algo de tu insensatez.

6 feb. 2014

Los abanicos que nunca uso

Hasta el fin del mundo, que son tus pies. Porque el mundo empieza en tu cabeza y termina en tus pisadas.

El mundo viaja. Y yo quiero viajar con el mundo.
Carreteras por la costa, o por el interior. Me da igual con tal de que pongas buena música y me dejes bajar las ventanillas para que se me alborote el pelo y el vestido.
Vestido y botas, forajido, para poder salir pitando después de corrernos rápido en cualquier pensión de habitación empapelada y retrete compartido sin pagarle al tipo de la camiseta blanca de tirantes manchada de ketchup y semen.

Restaurante de tercerísima con mesas pegajosas y sólo un plato disponible: sopa fría. El mejor menú es bestialidad en el carácter y ferocidad al besar; dulzura al dar las buenas noches con las bragas en la mano; serenidad en las miradas. Del postre ya se encarga el verano.

Los aires acondicionados me hablan de ti. Los ventiladores con el cable demasiado corto y el pelo rizado por la humedad. Los abanicos que nunca uso. La brisa del mar que se acerca los domingos. El fresquito de los centros comerciales a los que sólo entro para mirarme en los espejos la rojez que me han dejado en la barbilla tus besos con lengua; es la marca de la enamorada, todos los que miran saben que tengo mariposas, o algo parecido, quizá búfalos, en el estómago.

A las fieras no hay que amansarlas, coño, a las fieras hay que darles motivos para seguir rugiendo.

Llegar a Madrid en un abrir y cerrar de piernas. Follar con tu Telecaster mirándonos desde la cama supletoria de hoteles con el único lujo de tener pestillo en la puerta de la habitación.
Fotografiar las almohadas blancas en el suelo, la cama deshecha por el amor, el minibar temblando contigo sediento e inspirado.
Tocar la cornisa con los pies descalzos, sentir el frío, regresar a la guarida de tu bragueta bajada.
Ver películas en cines-suite de lujo.

Rock and roll, rock and roll, compañero de autobuses y de bancos de madera, sujétame el corazón un momento. Acaríciame rápidamente la nariz con el dedo índice, guíñame el ojo, dime que algunas cosas no van a ir bien pero que no sabes sonar sin mí.