Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.

29 nov. 2013

Príncipe verde mar

65 pulsaciones por minuto.
Café recién servido,
le daré propina al camarero.

Escribo en una libreta
de páginas completamente blancas.

Escribo sobre
cuando no querías irte.

Escribo sobre el camarero,
que tiene tatuajes,
barba
y un culo precioso.

240 pulsaciones.
¿Qué haces en esta avenida?

Esa moto es nueva.
Y esas zapatillas.
Y esa mirada.

¿Dónde te has dejado
los problemas?

Ni se te ocurra
entrar en este bar.
Ni se te ocurra
entrar en este bar.
Ni se te ocu...

Haces ruido con la puerta.
Se golpea suave.

Te quitas la chaqueta,
camiseta negra.
Casco sobre la barra;
jefe, ponme una cerveza
y dame cambio para tabaco.

¿Por qué me he sentado
al lado de la máquina?

Ni se te ocurra
girarte.
Ni se te ocurra
girarte.
Ni...
Mierda.

Son los dos besos más asquerosos
que he dado nunca.

Me ves bien,
que si sigo con mi librería,
que si me compré un perro,
que si cuántas bocas
se mueren ahora
por morder la mía.

Te invito.
No, gracias.
Me invitas.

Te has mudado al centro
y tienes el buzón lleno
de propaganda.

No te han vuelto a colgar
en el portal
carteles con frases de canciones,
normal.

Duermes del tirón
todas las noches.
Te has acostumbrado
a la siesta.
Te pierdes todos los atardeceres.

Te dan los buenos días,
príncipe verde mar,
pero ésas tías no tienen
ni puta idea
de despertar a los poetas.

No, no he aprendido
a dormir sola.
La mayoría de las noches
duermo conmigo
o con chicos despeinados
a los que les obligo
a dejar el corazón
en el felpudo.
Traen el calor de mil chimeneas
en el bolsillo del abrigo.
Tú traías el de mil y una.

Venga,
paga y fóllame en el baño.

26 nov. 2013

Vitaminas

Lo que era impensable
aparece de repente
y te da un golpe en las narices
diciéndote aquí estoy, no haberme tentado.

Y te ves esperando
cada uno en una parada;
sin perder tres autobuses porque sí,
sin besaros,
sin dar cartas con un pie dentro
y el otro todavía en la acera.

Y ya no hay Madrid,
ni coche al lado de la playa,
ni buenas noches,
ni mejores buenos días.
Ni tampoco hay quedamos-esta-tarde
o me-muero-por-escucharte-te-llamo-en-cinco-minutos.

No se ha salvado nada.
Todo por los suelos.
Huracán arrasándome el verano.

Y qué feo
es ahora
llegar pronto a casa.

He comprado naranjas,
he hecho zumo,
pero esas vitaminas no me sirven.
¿Y las vitaminas del amor?
Estaban en las canciones,
en una voz de madrugada
en los callejones.
Pero ya se han ido.

Éramos poesía y música,
imagínate.

Y ahora sólo dos habitantes
de la misma ciudad
que se han desconocido muy bien.

Él en su noche;
yo en la mía.
Y el rock and roll
en la de los dos.

24 nov. 2013

Café para 300

Yo,
que disfrutaba con el invierno
igual que los niños
disfrutan quitándose
la cola blanca de los dedos
cuando hacen manualidades.

Yo,
que encendía chimeneas
y me sentaba delante
a no echarte de menos
y a escribirte de más.

Yo,
que no pasaba frío
en diciembre.
Y subía a los tejados
de todas las casas
donde miran la televisión sin besarse,
porque estaba por encima
de los románticos de ahora.

Me he caído
y tirito con la manta de cuadros
cubriéndome las espaldas.

El fuego me congela.

Mi suéter de lana
baja la guardia.
Voy prácticamente desnuda
tapada hasta el cuello
castañeando los dientes
por una calle donde una vez
callé a besos contigo.

Tengo las manos cortadas
por quitarme los guantes
para escribir
cada vez que veo a alguien
que tiene tu mismo corte de pelo
o esos pantalones ajustados
que fueron trinchera y refugio.
He gastado 20 bolígrafos
y sigo sangrando.

Qué domingo es la vida
cuando no me cantas.

Todas las mañanas
paso una eternidad de media hora
sentada delante del armario
pensando qué ponerme
ahora que no me vas a desnudar
ni por dentro ni por fuera.

Hago café para 300,
que son los fantasmas que has dejado
por los pasillos de casa.
No hacen ruido,
pero me dejan sorda.

Tengo que vaciar los cajones,
empezaré por el de mi pecho.
Y terminaré por el de mi mesita de noche,
donde tengo las cartas
que me escribías cuando éramos verano
y te despertabas pensando en verme.

Reprodúcete en mí, olvido.
Y quédate a vivir para siempre
en el hueco que dejen sus piropos
-si es que se van algún día-.

22 nov. 2013

Se volvieron piratas

Todos los triunfadores
son los que perdieron tus guerras.

Los que se dejaron la piel,
la saliva y el número de teléfono
en tu cama
y sobrevivieron.

Esos a los que amordazaste
con tu indiferencia
pero consiguieron no atragantarse.

Ellos tienen el vaso
sanguíneo
medio resucitado ya.

Supieron ingeniárselas
para reinventarte aburrida,
sosa
y fea.

Te sacaron de sus entrañas
y contaron su experiencia
cercana a la muerte.

Les dejaste tiritando,
muertos de frío,
durmiendo tapados hasta arriba
en los veranos del 86 al 91.
Sudaron y les bajó tu fiebre
de lunes,
martes,
miércoles,
jueves,
viernes
y sábado noche
-domingo de resaca-.

Taparon avergonzados
tus picotazos,
les sacaste los ojos
y se volvieron piratas.
Llegaron a islas desiertas,
pero se dejaron barba
y construyeron un barco más seguro,
muchísimos más seguro.
Con velas intactas
dispuestas a ser sopladas con fuerza.

Esos son los triunfadores.

Se les curó el corazón
y terminaron ganando,
escupiendo en tus cartas
lo que un día
te escupieron en el escote.

20 nov. 2013

Verano de no sé qué año

Me he despertado
en el verano de no sé qué año,
cuando ya sabíamos de sobra
ir en bici sin ruedines
y nos tirábamos por las cuestas
a las cuatro de la tarde
con la carne con patatas
todavía en la garganta.

Debajo de la camiseta
siempre llevábamos el bikini.
El río nos bajaba la fiebre de agosto,
nos calmaba los sudores,
amansaba a las hormonas que ya no nos dejaban
bailar tranquilos en las orquestas.

Merendábamos pan con chocolate;
nos recogíamos el pelo en una coleta,
los chicos nos estiraban de ella
-cuanto más fuerte, más les gustabas-.

Íbamos de casa en casa
gritando los nombres de nuestros aliados,
exigiendo que salieran rápido.
Habíamos quedado hace tres minutos.

Empezábamos a robarles cigarrillos
a nuestros padres
y convencíamos a los chicos de 18
para que nos compraran botellas de vodka
en la tienda del pueblo.

Por la noche nos sentábamos
en la más absoluta oscuridad
del parque de la carretera
y bebíamos y fumábamos
sin toser.
Crecíamos todas las noches
apagando las colillas
en las piedras que había
debajo de los columpios de neumáticos.

El dinero para helados
nos los gastábamos en chicles de menta
para camuflar el olor a Marlboro
de las camisetas azules y las chaquetas finas.
Pero aquello era peor.

Cuando llovía
nos metíamos en el bar
a jugar a las cartas o a los dardos;
o íbamos a llenarnos de barro
por los caminos de manzanos.
Casi siempre lo hacíamos todo.

También practicábamos
los besos con lengua.

Un verano crecimos de verdad
porque se nos ocurrió la genial idea
de enamorarnos.

17 nov. 2013

Cuando no estábamos muertos

Él estudiaba
y yo le estudiaba a él.

Nos despertábamos tarde,
besábamos pronto.

Íbamos al cine el día del espectador
y salíamos cantando I love Rock n' Roll
a grito pelado.
De noche.

Corríamos detrás de la luz verde
de los taxis.
Conocíamos a todos los conductores
de autobuses nocturnos.
Nos esperaban en la parada
con el semáforo parpadeando;
los veíamos desde la calle de enfrente
y acelerábamos el paso
esquivando farolas y pisando propaganda
de prostitutas de lujo.

Cenábamos pizza caminando por el centro,
nos besábamos en todas las esquinas
con la boca manchada.
Nos hacíamos con cervezas calientes
y cinco mecheros por un euro.

Él se compró una moto
y pasamos de la calle
a la arena de la playa.

Las luces del puerto
eran nuestras velas sin perfumar,
creaban ambiente acogedor,
era como un inmenso salón-comedor con olor a mar.
No veíamos estrellas fugaces,
pero por cada ola pedíamos un deseo
y nos metíamos mano diez veces.

Saludábamos a los pescadores
que iban abrigados hasta el cuello.
Yo agitaba la mano con la que sujetaba las zapatillas,
el otro brazo se lo pasaba a él por el hombro.

Éramos unos románticos
a orillas del Mediterráneo.

15 nov. 2013

Trenes de mudanza

Esta mañana me he mirado al espejo,
me he visto cara de hoy-tampoco-vuelve
y me he hecho el mejor desayuno
del mundo.

Ha sonado música todo el día.
Ha sido como un abrazo infinito y sanador.
Sin brazos,
pero con guitarra y batería, que a veces estrujan mejor.
Me ha abarcado todo el cuerpo;
lo único malo ha sido
que no le he podido tocar el culo
mientras apoyaba la cabeza en mi hombro.

Pero quién quiere tocar culos
cuando puedes saltar en el sofá
haciéndole los coros
a Johnny Cash.

Móvil apagado.
Televisión apagada.
Corazón apagado.

Sonrisa encendida,
compitiendo con el letrero
del restaurante chino
y con la luna que se metía él en el bolsillo
cuando se nos hacía de día cantando besos
o volviendo de los jardines donde nos habíamos colado.

Me he asomado por la ventana
y las cortinas se han acercado por detrás
rozándome la espalda como solía hacer él
cuando era el mejor.
Era el mejor.
El mejor de todos.

Ahora
con los pocos ahorros
de corazón que tengo
voy a alquilar noches de rock and roll solitario
que me lleven a ciudades
donde las carreteras señalicen mejor los baches.

Necesito veinte trenes de mudanza
para llenarlos
con los besos,
las gotas de lluvia,
las calles del centro,
las noches,
los bancos de la plaza,
los horarios de autobús
de verano.
Y que descarrilen en el precipicio
más hermoso al que se puede arrojar el amor.

10 nov. 2013

El primero que encuentre la poesía, se la queda

Ayer le compraron
el collar con la piedra verde
a la señora que vende
joyas de hilo y cuerda
en la calle de la universidad.

Yo pasaba por allí.

Andaba camino de clase
pisando el mantel de hojas muertas
que cubre las aceras.
Pensaba en lo bonito
que sería escribir sobre ellas,
resucitarlas,
llenarte la entrada de casa
con poemas de desnudo otoñal.

Naturaleza agonizando en las ramas de los árboles.
Contrasta con la cantidad de mares
que tú desprendes de vida.
La vida sale de ti
con la rapidez con la que se desenrolla
el papel higiénico lanzado por el balcón,
o igual que un aspersor moja
las rodillas de los que caminan
-de la mano o no-
por el borde de los jardines.

Y todo tu aliento
cae sobre mí,
se estrella en mis pulmones.
A veces desde lejos.
Otras
desde la cercanía
de cerveza y refresco en terraza de mesas pegajosas
al lado del campo de fútbol.

Los peatones
me miran las piernas desnudas.
Qué le voy a hacer
si este noviembre se ha calzado un alma anárquica
y me hace sudar a las puertas del invierno.
Aunque no sé bien si es noviembre
o tu regreso a la ciudad
lo que caldea el ambiente.

Me dan ganas de dejarte postales
en los cestos de metal de las bicicletas
aparcadas con meticulosidad,
estabilidad
y orden inquebrantable
-con todo de lo que mi respiración,
cuando estás cerca,
carece-.

El primero que encuentre la poesía, se la queda.

Puedo buscarla en la guantera
de tu coche.
Puedo buscarla en la tapa de calamares
que olvidamos pagar el domingo pasado.
Puedo buscarla en una canción,
e incluso indagar en poemas.

Puedo no buscarla,
y encontrarte de verdad.

7 nov. 2013

Así se divierte otoño

No hay boca ni lengua ya
junto a las que fugarse a San Fernando
en callejones de ciudad.

Ni guitarras que acompañen
a voces que interrumpen el pasar
de la madrugada
y sostienen la belleza
en un bucle infinito de minuto y veinte.

No hay nadie esperando
al lado de la fuente,
pero no pasa nada
porque los pasos de cebra
están llenos de gente bonita
impaciente por
cruzar(se con alguien de sonrisa y ojos tristes).

Y todavía quedan corazones
que se quedan con la boca abierta
y la mirada intensamente fija
cuando pasan al lado
de faldas que huelen a paredes con agujeros de chincheta.

La ciudad está llena
de poetas que no saben que lo son;
de barbas pidiendo bufandas de besos;
de amor peregrino
que vaga de taxi en taxi
hasta colarse en el bolsillo de uno
y en la mochila de otra.

Sólo hace falta que las plazas,
los parques
y los supermercados jueguen con las personas.
Que las personas se dejen ganar.
Que yo me pierda por otros huesos.

Y la música hará el resto.
La música siempre tiene la última palabra.
Las canciones han abierto
más piernas y corazones
de los que caben en un poema.
Y no me digas que un polvo no es mejor si suena Lynyrd Skynyrd.

Dormir sola tiene su aquél,
aunque es una putada
que nadie te vea el rimmel corrido
a las ocho de la mañana.

Pero qué guapa despeinada
y con la camiseta rota
delante del espejo
sujetando una taza de café con leche
y una inmortal certeza de poder con todo

La vida no es sólo
tumbarse al lado de alguien,
ponerle una pierna encima
y darle un beso mientras
te dice que tiene sueño.

6 nov. 2013

Vacío con hielo

He dejado notas
en parabrisas
de furgonetas blancas.

He escondido declaraciones de amor
-o algo así-
entre las hojas
de libros que descansaban
en áticos abuhardillados.

He colgado pancartas
en portales
de casas donde una vez dormí
con el aire acondicionado puesto
y el corazón valiente.

Me solté el pelo.
Me lo recogí.
Me lo soltaron.
Una vez fueron las manos del monte,
del frío,
de los caminos llenos de piedra
que llevaban a casa.

También me tocaron
los labios de la pintura,
por todas -y en todas- partes.
Su mejor época fue cuando nevaba
y las habitaciones estaban llenas
de acento vasco y caballetes.

Después se me rasgó el lienzo del corazón
y toda la música
hablaba de Luisiana.

Me he subido a trenes,
de asientos incomodísimos,
que nunca descarrilaban
en clavículas que quisieran dormir
bajo mi barbilla.

Perdí autobuses
por no perderme a mí misma,
y aun así todavía no sé muy bien
adónde va a parar lo que escribo.

He comprado en tiendas de segunda mano
para salvar un poco
a todo lo que para el resto del mundo
ya no era útil,
a ver si así me salvaba yo,
pero siempre me va a parecer atractivo
el amor de noche de verano.

He bebido de vasos
llenos de vacío con hielo.

He arrojado tazas a paredes de papel
que se manchaban de café
y me daban las gracias.

Y aquí sigo:
escribiendo con los ojos cerrados,
como cuando se besa de verdad.