Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.

31 oct. 2013

El otoño viaja en asientos rojos de autobús

Acabo de pasar por tu casa,
que es más paraíso que casa.
Donde un Adán que no es Adán
pinta al óleo a una Eva que no es Eva,
pero que sí está desnuda.

He llegado a mi casa
y he puesto encima de la mesa
un montón de noches en otra ciudad;
calles nuevas por las que se camina
entusiasmado con un poco de miedo
acariciando cada adoquín.

Qué atractivo es el miedo.
Y qué necesario saltarse
los no-voy-a-ser-capaz.

Ya casi es invierno
en los autobuses de interior.
Es la época de olvidarse
los guantes y las bufandas
en algún asiento.
De repartirnos el frío
entre todas las miradas.
De buscar el calor del motor,
o el de una libreta.
Nunca pulso el botón para solicitar parada
porque el conductor nunca pasa
por la rotonda
que tienes
entre la boca y el tatuaje del hombro;
y yo sólo quiero bajarme ahí,
que es lo que más cerca de casa me pilla.

Un hombre sube dos ruedas
de su coche a la acera,
sale y mira hacia arriba.
Luz roja en el parking.
Lleno.
Si quiere puede aparcar
en mi corazón, le sugiero.

Hay una chica con una mochila de los Rolling
comprando una bolsa de viaje.
Las bolsas de viaje son
para huir lejos,
las maletas son de ida y vuelta,
como los billetes feos de tren.

Te he visto escribir
y todavía no quiero cerrar los ojos,
¿y si arrastro tus frases con los párpados?
Quita.
Y tú, por favor,
no respires mientras sujetas el lápiz,
no quiero que se te vuelen las rimas
en un golpe de aliento huracanado.

30 oct. 2013

Si el calendario hablara

Los domingos por la noche
se encierra en casa
con las persianas subidas,
las ventanas abiertas,
las cortinas por los suelos.

Entra toda la vida de golpe.
Los viajes.
Los bares.
El sexo con desconocidos.
El primer cigarrillo.
La penúltima copa.
Las luces encendidas
en los edificios de enfrente,
tan cálidas, tan madrugada,
tan salvavidas.

Y cierra los ojos.
Unos ojos
que crean primaveras
en cada caminante sobre los que se posan.

Escucha Ella baila sola
sin pantalones,
sin nostalgias,
sin corazón.
Lo que le late en el pecho
es un viejo acordeón
de un marinero jubilado.

Se imagina en la mejor calle de la ciudad,
que no es otra que por la que él camina.
Andares para enmarcar
y colgarlos en el techo de la habitación,
para mirarlos fijamente
mientras se masturba.
Nunca antes al otoño
le habían quedado tan bien unos vaqueros.

Las sábanas blancas
se vuelven velas de barco,
pero no hay tierra a la vista,
ni al tacto,
y mucho menos al gusto.
La playa se ha dormido en julio.
El bikini eran dos manos
con las uñas pintadas.

El color del cielo
cambia a
azuloscurocasicorazón.

Ojalá ser ruido de avión
atravesando la ciudad.
Y hacer asomarse al balcón
a una chica que no duerme
pero sueña.
Que sólo lleva puestos
unos calcetines grises,
para que no se le escapen
las pisadas de otro suelo de parqué.

Por los pies se cuelan
las historias.

La música no para,
menos mal.
Y ella sólo se pregunta una cosa:
¿Por qué es tan bonita
la luz del letrero
de la librería de la esquina?

29 oct. 2013

Salto mortal

Casi te enamoras.
Menos mal.


Ir de puntillas alrededor de un corazón acojona más que bordear la cornisa de un edificio en plena noche de tormenta, en camisón y descalza.
Si te caes dentro de la sístole, estás perdido.
Si te cuelas en la diástole, estás jodido,
que es lo mismo que perdido pero suena más malhabladamente bonito.


Luego están los que no se conforman con rodear de puntillas un corazón,
también se ponen a bailar en la cuerda floja que lo cubre.
Malditos valientes que saltan sin miedo a caer rendidos a unos pies llenos de pulseras.
No ven el riesgo,
o no lo quieren ver.


Y todavía más loco hay que estar para cerrar los ojos mientras giran sobre sí mismos, abren los brazos y corren directos a las vías.


Llenan el pasaporte de poemas, canciones y mensajes cursis para que no les arrolle el tren.


Dan saltos mortales
para sentirse más vivos que nunca.


Todo eso dentro de una caja torácica que muerde.


Y caen.
Caes.
Caigo.
Te cuelas en la sístole.
Desembarcas en la diástole.
Y llamas hogar a un par de pulmones que no has visto en tu vida.
Ahora resulta que una respiración que no es la tuya te mantiene con vida.


Puede ser.


Lo llamas hogar, he dicho.
Esa casa tiene un sofá cojonudo, el más cómodo.
El microondas calienta bien. Y hasta las cuerdas de tender están rectas.


Entonces llega un día en el que la radio hace demasiadas interferencias, los cuchillos no están bien afilados, la lavadora te ha encogido la camiseta de tu grupo favorito -esto es lo peor de todo, ¿eh?-, y la luz del comedor ilumina poco; muy, muy poco. Se estrellan los vasos, los platos, la escalera de incendios -la mejor salida- desaparece.


El amable oxígeno de tus pulmones adoptados
te
ahoga.
Les salen brazos que se ensañan sobre tu cuello.


Y hay que SALVARSE.


Pero salir de ahí es como atravesar una trituradora de papel.
Aunque no hay trituradora, sino costillas.
Y no eres folio, sino piel.


Te van -me van- a dejar bonico -bonica-.

21 oct. 2013

Armario

Ahora suena una canción
y me viste más que cualquier camisa.

Vestirse con música,
¿no es lo mejor?

Voces rotas
que son pantalones.
Un piano de sujetador.
El cierre de un concierto
abrochado hasta el cuello;
que no se nos enfríen
los acordes del corazón.

Las sábanas
son una partitura arrugada
en el fondo de una papelera preciosa.
Al edredón lo rebobino siempre.

Llevo el rock and roll
subido hasta las rodillas.
Un jersey de punto
y seguido
al final de una estrofa.

Un escenario
que se sujeta firme
sobre los hombros.
Amplificador en la sonrisa.
Canción favorita entre las piernas, por supuesto.

No hay pijama,
hay guitarras eléctricas
y el último trabajo del mejor músico de la ciudad.
Hay bares con oferta en cerveza
que me dejan el ombligo al aire -libre-.
Camareros componiendo en servilletas
en el otro extremo de la barra,
ignorando a una chica que pide más hielo.

Tampoco tengo columna vertebral,
llevo una armónica
que me mantiene erguida;
alguna vez me soplan
cuando camino por la avenida
y me convierten en música:
de lo que se come, se cría.

Desde los tobillos
me cuentan los pasos un par de do re mi fa
sol
que no dejan que me pierda,
que hacen que la lluvia
siempre caiga bien.

20 oct. 2013

Primer cielo

Cuánta vida
hay en tu salón,
justo en ese espacio
entre tu terraza -que es el mismo cielo-
y la tierra.

El universo se concentra
en la forma y color de tu sofá.

Quiero caer
en la tentación
de tu camiseta gris.
Primero con los ojos,
quiero tocarte con mi mirada verde,
con el mismo pestañeo con el que abarqué
la costa del Norte.
Después con las manos,
con las mismas manos con las que
aquel fin de semana sostuve el mundo.

Son las once en punto -noche, claro-.
Yo te aviso de que estoy llegando,
tú enciendes la luz del porche,
bajas la luna,
yo llamo a la puerta
y una frase de Benedetti me besa los nudillos.

Besarte es como caer en picado
pero sin estrellarse nunca.

¿Dónde están tus libros empezados
cuando hacen falta?

Eres tan poesía
que necesito -necesito de que si no lo hago me muero-
leerte en lengua bajita.
Leerte para mí.

Quiero verte beber cerveza
y olvidarme de que sobre la chimenea
hay un reloj,
y de que ese reloj marca alguna hora.

Yo, a tu lado,
no existo para el tiempo;
dentro de tu casa no pasan los años,
somos jóvenes eternamente durante toda una madrugada,
durante seis horas y ocho discos,
durante un tenía ganas de verte, recítame algo.
Te recito lo que quieras
si me callas antes del último verso.

Tú eres mi minuto favorito,
mi hora exacta;
eres el único tiempo que quiero que pase,
que me pase
la barbilla alrededor del ombligo.

En tus brazos cabe el Pirineo.
En tu espalda cabe nuestro valle.
En tus ojos...
En tus ojos estoy yo sentada
sin zapatillas
y con un vaso medio lleno de zumo.

17 oct. 2013

De colchón a colchón

No estás,
pero estás.

Te has quedado
en la primera canción
que sonó el viernes por la noche.

Te has quedado
en la arruga que le hiciste a mi chaqueta
cuando me diste el abrazo
de despedida.

Eres un recuerdo besable,
palpable.
Tu eco suena a reencuentro.

La madrugada lleva el silencio
de tu sofá,
y el grito de tu mirada.
La luz de las farolas tiene más sol
desde que sé que tu pared existe;
desde que sé que guardas poesía en la terraza;
desde que compartimos madrugada.

Me he quedado
en el ladrido de tu perro.
En la lluvia de noche.
En el camino oscuro de vuelta a casa.
En el olor a tierra mojada.

Me he quedado
en el asiento del coche.
En la ventanilla bajada.
En la cara B del cassette.

Todas las carreteras
llevan a tu ventanal.
A despertares llenos de niebla.
A un valle infinito.

Estos latidos no dan marcha atrás.
He pegado un portazo de llegada.

El camino se ensancha;
se llena de ti,
de mí,
de vasos con labios marcados,
de noches en vela encendida con cerillas,
de frío valiente que se atreve a colarse
sin saber que no le hemos puesto plato.

Yo me instalo al lado de tu lámpara,
tú te mudas a mi jersey marrón.
Y todos contentos.
Alquiler barato, asequible:
besos y bocadillos de jamón serrano;
ideal para estos tiempos que ya no corren,
que vuelan,
nadan,
h
u
y
e
n.
Estos tiempos en los que detenemos el reloj
mientras Manolo nos canta aquello de
"un día color de melocotón, 
cuando todos seamos libres, 
cuando las piedras se puedan comer 
y ya nadie sea más que nadie".

Hoy se ha vuelto a hacer de noche
a pesar de que no te he visto cerrar los ojos,
ni beber café,
ni beber cerveza,
ni cambiar de CD.

Y yo,
desde una esquina de mi cama
y con la boca cerrada,
miro fijamente a la madrugada.
Está quieta,
callada,
trayéndome tu rotulador azul.
Te compartimos de alguna forma.

Estás,
al fin y al cabo: siempre vemos la misma luna.

15 oct. 2013

Bolsillos rotísimos

Un día pasamos
por el mercado del centro;
fue el primer día.

Yo llevaba una cámara de fotos
y vaqueros ajustados.
Él llevaba el rock and roll
colgando de su pendiente,
y la música más bonita
latiéndole en la camiseta.

Después de aquella tarde,
cada noche caminábamos
por las calles más antiguas de la ciudad.

Nos reflejábamos en los escaparates
de tiendas dormidas
y nos colábamos entre las sillas
de las terrazas de bares
donde otras parejas bebían
y se tocaban el alma con la lengua; igual que nosotros.

Perdíamos autobuses,
se nos fugaban por el hueco
de los bancos que hay en la calle de la fuente.

Soñábamos con gritar
desde los balcones de puertas blancas
y enormes cristales
de las casas viejas con puertas de madera.

Saludábamos a la cámara
después de cada mordisco,
era nuestra calle.
A veces llovía
y se nos mezclaba la saliva con la atmósfera.

Pasábamos delante de la chica francesa
que tocaba la guitarra
frente a la basílica.
Dos chicos con pantalones de colores
y collares de hilo marrón
vendían cuadros
sentados en una escalinata,
pero nosotros ya llevábamos el arte entre los dientes.

Veíamos a chicas de pelo largo
pedaleando rápido para llegar al semáforo en verde;
nosotros frenábamos en seco
cuando se ponía en rojo,
parábamos el tráfico a besos,
nos tocábamos el culo,
la cintura,
el cuello
y la primavera: menudos conciertos.

Cenábamos.

Nunca bailamos
en puentes de madera
ninguna canción de Frank Sinatra.

Nunca nos hicimos una foto.

Alguna vez dormimos juntos,
cómo olvidar
la sobredosis de vida
que supone ver al poeta tumbado y con los ojos cerrados.

Bebíamos agua en los parques.

Yo le enviaba besos rojos
por correo.

Él sacaba miradas bonitas
del bolsillo de su camisa vaquera.

Nos queríamos delante de las torres.

Llevo tiempo sin verle;
el chico más bonito de la ciudad
se ha ido con su música
a otra parte.

8 oct. 2013

No sé si me fui o me llevaron

Ha vuelto
la gente bonita
a los autobuses.

Han vuelto los hombres
con traje y corbata
que se giran después de pasar por mi lado.

Han vuelto las flores a los jardines
del casco viejo.

Han vuelto las cervezas frías
en noches más frías todavía,
por fin.

Han vuelto los viajes en todoterreno,
las ruedas desgastadas,
los mapas del tesoro
con un montón de nombres
de casas rurales.

La niña de las coletas
saltando las escaleras de dos en dos
con la mochila rosa cerrada.

Han vuelto los pasos de cebra
desiertos a las tres de la madrugada;
mis pasos sobre charcos,
también la primavera que se me quemó
en verano.

Las medias negras,
las noches para romper esas medias,
los paquetes de cigarrillos
olvidados
en las paradas de autobús.

Ha vuelto la chica que se sienta
en el banco pintado
de la avenida
y finge leer mientras observa cómo
la vida la lee a ella.

Ha vuelto la sección
de objetos perdidos
llena de sonrisas vivas
que se les cayeron a los guitarristas
del metro.

Ha vuelto
el chico del acordeón
a la esquina de la plaza.

El bar donde una vez me invitaron
a tequila
y a orgasmos;
la paz del tráfico lleno de taxis,
los mensajes de amor en los tranvías,
la música de claxon sonando
en las carreteras en hora punta.

Han vuelto las dedicatorias
a la radio;
el roce de manos al coger
el mismo paquete de galletas.
Las noches de teatro,
las madrugadas de fuegos artificiales,
el confeti a los cumpleaños.

Ha vuelto el chico
de la bici verde.
Los libros de segunda mano.
El vecino de barba
que siempre me sujeta la puerta.
Ha vuelto el ascensor
hasta el séptimo
-cielo-.

El fin de semana improvisado.
Los besos en el monte.
Los arañazos en los folios.
El barro en las botas,
y el atardecer que se encondía
en las rosas de la entrada.

Ha vuelto
la señora de mechas rojas
a preguntarme qué tal me va la universidad,
si tengo novio,
si todavía me gusta el otoño,
si me sigo rompiendo.

Ha vuelto el paso ligero
para forzar un encuentro
al otro lado de la calle.

El mar de noche.
Cenar en los coches.
Los besos de puntillas.

En realidad todo esto no se fue nunca,
la que ha vuelto soy yo.

4 oct. 2013

Aviones a 4000 poemas de altura

Lo primero que veré mañana al despertar
serán tus ojos.

Y no serán ojos,
sino el mejor paisaje
donde el sol se ha dejado caer
en las primeras horas del día.

No serán ojos,
serán monte,
río
y cabaña.

Serán chimenea, leña y fuego
calentando los versos
de nuestra pared.

También camino,
huellas,
polvo.

No serán ojos,
serán estrellas fugaces
a plena luz del alba.

Escaleras de piedra,
pájaros, lluvia fresca.

Serán películas en domingo
mientras nieva afuera.
Partida de cartas.
Un beso junto a la hoguera.

Serán notas por debajo de las puertas.

Cervezas frías,
cuellos cálidos,
cena preparada,
postre de sábanas blancas
y luna creciente a la que los dos aullamos.

Mañana por la mañana
tus ojos no serán ojos,
serán beso de buenos días,
verso de buenas noches,
orgasmo de buenas madrugadas.

Serán masaje en la espalda,
sonrisa en la penumbra,
niños jugando en la plaza.

Guitarra sobre el sofá,
Springsteen cantándonos "The River".

Ventanas frías,
luces lejanas.
Carreteras secundarias,
niebla en las curvas,
animales salvajes tumbados en la cama.

Serán botas manchadas de barro,
vaqueros sucios,
bolsillos llenos de pipas.

Aviones a 4000 poemas de altura.

Madrugadas,
desvelos,
mantas de ganchillo en la terraza.

Tus ojos no serán ojos,
serán árbol, rama, espantapájaros.
Huerto y nuevos frutos.

Incluso charco,
zarza,
araña y lagartija.

Serán primaveras dentro de inviernos.

Serán todo lo que no se ve pero está.

Serán todo lo que no hace falta decir,
porque ya lo decimos con las manos.

Seremos nosotros.

2 oct. 2013

Tierra firme

Me han dejado
en una estación de tren abandonada
con nombres de parejas grabados
en los bancos del andén.

Al reloj se le ha fugado el minutero.
Llego tarde a alguna parte
y pronto a ningún lugar.
Tengo una cita con las medias de la soledad,
se las voy a romper por las rodillas.

No voy a pedir perdón por tanto desorden
en el corazón,
por zambullir mi respiración en el barro,
por tantas letras de desamor.

Ya no hace falta correr,
no se va a enfriar la cena
que nadie me ha hecho.
No se van a consumir las velas
que nadie me ha encendido.
No tengo que despertar a nadie
dormido en el sofá
que me espera con la tele encendida
y alguna canción junto al cenicero lleno de colillas de porros.

Voy a dormir con los brazos abiertos
y el corazón en la otra punta de la ciudad.
Si ahora nevara se me llenaría el pecho de agua
y tendría goteras en la espalda.
Estoy tan vacía que hasta los pestañeos hacen eco.

Hay un puñal
en la carpeta donde guardo los poemas que te escribía en la bañera;
sólo necesitaba pensar en ti para no ahogarme.
Si dejaba de pensarte
me ahogaba hasta en tierra firme.

Cada madrugada es un desierto.
El agua no me sacia
desde que bebí tu música.

El mundo sigue girando,
pero yo me he quedado quieta
dentro de un sobre,
doblada como una carta que se ha leído 21 veces.

Los vecinos me gritan que baje la música,
¿qué culpa tengo yo de que mis latidos
suenen a canciones de Sabina?

Me he quedado sin gasolina,
y en toda la autopista que es mi cama
no hay un solo viajero
que pare a salvarme la vida.

Estoy enamorada.
De algo hay que morir, ¿no?