Vuelvo a casa caminando de puntillas, no vaya a ser que se despierten los poetas.

30 ago. 2013

Sudados con el labio partido

Yo mataba arañas
y tú preparabas la cena.

Teníamos goteras,
pero las venas intactas
y la sangre en su sitio
-entrepierna y corazón-.

El colchón era viejo.
Por eso nos tumbábamos
uno encima del otro:
para turnarnos la comodidad.

Había que pintar las ventanas,
pero como todavía no sabíamos
cuál era nuestro color favorito
nos íbamos a pasear
y a besarnos en las sombras de los caminos.

Comíamos bocadillos de jamón,
bebíamos zumos de piña,
besábamos antes de que se hiciera de noche.
En la madrugada más.

Rompíamos tejas.
Nos peinábamos con los primeros
rayos de sol
reflejándonos en el cristal
de la puerta del balcón.

Los perros paraban de ladrar
después de las comidas.
Nos dejaban echar la siesta
y algún que otro polvo.

Nos perdíamos hasta llegar a una ermita
en la que nos gustaba gritar
estrofas de nuestras canciones favoritas
con Jesucristo casi desnudo mirándonos.
Resonaba por todo el edificio,
encendíamos velas,
tocábamos el órgano
y salíamos corriendo
con las zapatillas mal puestas.

Improvisábamos conciertos
encima de un sofá
con una funda de flores horribles.
Saltábamos cogidos de la ropa interior,
caíamos sudados con el labio partido.

27 ago. 2013

Escalera de incendios

Todas las miradas se escurren
por una escalera de incendios
resbaladiza.

Yo me escondo debajo del sofá;
las tempestades de vasos
y cuadros comprados a medias
no son mi fuerte.
Yo soy más de patada en la entrepierna.

En el fondo del vaso
no ha quedado nada:
ni fechas de conciertos,
ni un verso que escribí de noche
para que el amor siguiera silbando,
ni el llavero con forma de bicicleta.

Seguir pedaleando
sin música en los tobillos
es absurdo.

Se han vaciado las botellas
de agua.
Ya no somos minerales
ni naturales.
Tampoco reciclables.

Los bolígrafos
guardan equilibrio en mis rodillas.

En la parada del autobús
me piden fuego
y yo les rozo con mis mejillas.

Comentan el partido de anoche,
pero nuestra derrota es mejor
que cualquier gol por la escuadra.

Me queda una jarra de cerveza,
sin espuma,
de la última vez que nos abrieron
las puertas de la ciudad.
Robé las llaves
y ahora el deseo se ha mudado
a las afueras.

Palabras con heridas de guerra.
Verbos que son cuchillos afilados.
Las frases explotan en mis narices
y yo me relamo.

He aprendido
a recoger sola los cristales,
a lavar las sábanas,
a apagar la televisión.
A abrir latas de sardinas
sin cortarme el dedo corazón.

26 ago. 2013

Cama con tactos al monte

Luces apagadas.
Cama con tactos al monte.
Piel dulce.
Taza de té en la cocina.
Besos en el edredón.

El invierno se piensa
que nos ha ganado,
que se ha llevado todo el calor
y que la nieve nos congela
los pulgares.
Pero tenemos escondido
un infierno debajo de la ropa,
debajo de las mantas,
en el agua caliente de la bañera,
en el vaso de café.

Le abro la ventana al sudor,
que nos ondee sus cortinas
en las espaldas.
Los susurros encienden
velas en los dedos.
Deshielo de besos
en la columna vertebral.
Se rompe el miedo a la oscuridad.
Se incendia diciembre.

Cristales empañados.
Que vengan los poetas a escribir
con la punta del corazón
versos sobre sexo y despedidas.
Y reencuentros.
Y más sexo.

El frío nos ve desde fuera
subido al árbol que hay junto a la ventana.
Se masturba mirando
nuestro microclima
de lenguas malhabladas y gargantas bonitas.

Qué putas las horas:
les da por volar cuando deberían
contener la respiración
y quedarse quietas sentadas en el sofá
con esparadrapo en los ojos.
No os mováis, joder, quiero eternidad con él.

Besos con alcohol.
Mordiscos con alcohol.
Terminamos borrachos y con sed.

17 ago. 2013

Te escupí en el buzón

Las flores de plástico
ya no dicen tu nombre.
Te recuerdan como
aquél que venía
y abría la nevera
y mis piernas.

No las regabas.
Aunque a mí se me encharcó
el pecho.

He cortado el cable
del teléfono.
De golpe, sin pensarlo,
nada más levantarme,
cuando me he dado cuenta
de que nadie había hecho café.
Ni el amor.

He quemado las cartas.
Todas.
Incluso las de póker.
Para hacerme una hoguera en el corazón.
Hace un frío que te cagas
este verano.

Beso la lluvia
con las gafas puestas.
Tú besas a otras mujeres
que beben a morro las cervezas
los fines de semana
por la noche
mientras les desabrochas
el rock and roll.
Y el sujetador.

Hago fotos
a los discos de vinilo
que me quedan en las estanterías.
A falta de cuerpos desnudos
buena es la música
para guiñarle el ojo y disparar.

No me he puesto ninguna tirita.
Quiero dejar las heridas visibles,
al aire,
a ver si viene alguien
a llevarme a dejar de sangrar a los teatros
o en mitad de una avenida.

Voy a subir a trenes de mercancía
en marcha.
Voy a traficar con mi corazón,
que ya sólo sirve para cambiarlo
por algún cromo de fútbol del 92.

Llevo un candado en la mirada,
para que ningún otro animal
me robe el verde de los ojos.
O una pestaña.
O un parpadeo.
O un rastro de rímmel.
O la poesía que escondo en las pupilas,
esa que a veces guardo en las bragas.

Tengo el corazón
detrás de la puerta de la cocina.
A veces le paso un trapo
para quitarle los polvos.
Otras barro alrededor.
Pero no se le va la mierda.

El otro día
pasé por tu puerta
y te escupí en el buzón.
Lástima que ya nadie te escriba.

12 ago. 2013

Literatura abierta y verde

Escribió su mejor verso
después de poner agua a hervir
para hacer macarrones.
Qué bien comimos aquel día.

Qué bien vivimos
aquel agosto.

Una tarde nos echamos la siesta.
Duró 7 veranos,
21 canciones
y alguna que otra película
basada en hechos reales.

A veces era septiembre.
Sin clases,
pero con actividades extraescolares
para el corazón.

El sol se ponía
celoso.
Se mordía las uñas
mientras nos tocaba la espalda
y devoraba el color de las cortinas.
Destrozaba las persianas.
Quería llamar la atención,
pero yo sólo tenía ojos
y orgasmos
para un animal.

Cerrar los ojos
erar cerrar libros.
Y yo la literatura
siempre la llevaba abierta y verde.

No necesitábamos
más gasolina
que una canción
y 5 versos
en el espejo de la habitación.

Desayunábamos tarde,
en las verbenas
con orquestas de tercera.

Luces de neón sobre las iglesias.
Curas bebiendo gintonics.
Amén.
Amén.
A menudo tengo pensamientos
impuros, Padre.

Febrero aparecía de golpe
con sus mejores galas.
Lo utilizábamos para enfriar
la cama
y poder dormir.
El amor, después de hacerlo,
se quedaba un rato viendo la teletienda.
Luego se largaba
por debajo de la puerta
-como las cartas de los enamorados-
y sin coger el ascensor.

A la hora de la cena
estábamos en la costa
de una casa con vistas al bar
y nos dábamos un baño
en agua dulce
de ducha
sin peces antideslizantes.

8 ago. 2013

Noches de taxi y caminata

Llueve de noche
sobre la ropa tendida
y las moras del suelo.

Sobre el camino
que va hacia las cuevas.
Sobre las piedras
de la orilla del río
en el que ya no beso.

Se moja el árbol,
la hierba,
la casa sin balcón,
las tejas rotas,
las piernas del paseante
que ya descansa en su puerta.

Sacan la lengua los perros.
Se esconden los niños
detrás de las cortinas,
debajo de la falda de sus madres,
al otro lado del delantal de sus abuelas.

Y yo te echo de menos.
Me tapo hasta arriba
en la cama
y miro a tu ausencia
golpear mi pijama.

Se escucha el viento
y tu silencio.
Mueve tu eco mudo las cortinas.
Me pierdo en la montaña,
no quiero encontrarme sin ti.
No quiero pestañear sin ti.
Soy alérgica al oxígeno
sin ti.

Mi pelo se moja,
y no estoy bajo tu ducha
ni bajo tu pecho
ni bajo tus mantas.
Estoy bajo cero
sin el calor de tu música.

Camino por el monte
pensando en tus ojos.
Qué bonitos son
cuando me buscan
en las paradas de autobús
de aquella ciudad con mar
a la que me muero por volver
-quién me lo iba a decir-.

Volver a verte.
Volver al banco del parque.
Volver a las noches de taxi
y caminata.
Volver a buscarte;
qué suerte encontrarte.

Quién fuera guitarra.
Nevera.
Mesa de comedor.
Incluso sartén
o vaso de café.

Te sigo echando de menos
después de tanta palabra,
tanta lágrima,
tanta lluvia,
tanta cerveza sin alcohol.

Cruzo los dedos,
las piernas,
las calles sin mirar.

Llueve de noche,
me mojo sin ti.
Escribo sin ti.
Dormiré -si lo consigo- sin ti.

Hay que joderse.

6 ago. 2013

Camiones con nuestros nombres en cursiva

Aire acondicionado
en autobuses de provincia.

Luna llena sobre ciudades
donde se cenan sobras.

Casas blancas.
Mente en negro.
Pagar en metálico
y salir corriendo
machacando el acelerador
mientras suena algo de Springsteen.

Camiones de cítricos,
frutas y verduras
con nuestros nombres en cursiva.
Bocinas afónicas.
Hombres lobo disfrazados de oveja.

Atropellar en sueños.
Atropellar con lengua,
y literatura.

Melenas recogidas.
Sueltas en busca y captura.
Labios rotos: los mejores.
Viaje de 2 horas y 1992 pensamientos de amor.

35º a la sombra.
A la sombra de una falda
estalla el termómetro
y el tacto.

Medias tintas de pluma del siglo XIX.
Medias negras de Sabina;
la conoció en la estación, qué fatalidad.

Postales con olor a cerveza.
Correr sin maletas.
Mirar de reojo.
Enamorar sin bailes sobre puentes de madera.

Tos escondiendo insultos.
Miradas que piropean
y recitan versos mudos.
Bares de copas de árbol en otoño.
Vino tinto caduco.
Amor y deseo perenne.

Brindar:
hoy por él, mañana por su culo
y por mí cuando se lo toco.

Puertas blindadas a prueba de poetas.
Corazones con vallas electrificadas
que saltan sin problema los cantantes
de madrugada.

Marcos de fotos en blanco y negro.
Marcas de guerra en el pecho,
si lames con los ojos cerrados
se ven.

Tocarle las vértebras al rock and roll.
Deshacerle el nudo de la pajarita al jazz.
Músicos de blues locos de
atar
por las
cuerdas
de sus guitarras.

Desnudarse frente a un piano de cola.
Siempre con alguien mirando,
claro.